h1

Campanas su tradición

Un campanero es un ser singular. Y aunque su figura podría desteñirse dentro del vaho de la vida moderna, no ha querido perder su lugar y vive allá, en la altura, como un ser de otro mun­do, arriba del murmullo y de las ansias con que corre toda la gen­te, atento a las horas en que ha de sonar sus campanas y nada más.

El Lic. Agustín Yáñez trazó un vigoroso perfil de este perso­naje. A cincelazo duro y enmadejando esa exuberancia barroca de su mejor novela, dejó la estampa de un campanero, a veces arcán­gel desceñidor del alba, que deja caer el anuncio gozoso de una nueva esperanza; y a veces simple mortal que forcejea como un loco dentro de la camisa de fuerza de la naturaleza humana, y quiere escaparse, y lucha y se desespera en toques a rebato, de có­lera y de amenaza.

Esa tinta oscura convenía al carácter general de la novela que quiere retratar en tonos sombríos lo que fue la vida de nuestros pueblos a principios del siglo. Esto explica que el campanero apa­rezca en la obra del Lic. Yáñez como un ser raro a extremos de insania, y siempre en pinceladas de trágica violencia.

Nosotros tenemos otra imagen más humana, más entrañable. El campanero vive en la altura, pasa las horas muertas bajo una arcada de la torre, avizorando el cambio de luz del horizonte, contemplando el oleaje humano que no alcanza a salpicar, allá, la transparencia de sus horas.

Vive cerca de las nubes, convive con las palomas que fueron a anidarse en los huecos del muro del campanario. Y eso lo podría convertir en ser de otra esfera, desentendido del vivir rutinario, ajeno a las angustias de nuestro polvo y nuestra sombra…

No es así, porque su mismo oficio lo hace compenetrarse de este correr del tiempo sobre la ciudad o el pueblo; y como sabe del gozo fresco y estimulante de la hora del alba, sabe del bochorno fatigoso del sol de mediodía, o de la dolencia que se siente sin decirse, en las campanadas de la oración, en los clamo­res del toque de ánimas.

No es así, porque lleva a la altura los problemas de una fa­milia, el gusto de un hijo que nació, o la zozobra de una esposa que padece de una dolencia incurable. Es un campanero, un ser que vive en la altura, y con ello mismo, un hombre…

REGLAMENTO QUE DATA DE LA COLONIA 

Don Manuel estaba próximo a cumplir cincuenta años como campanero de catedral. Todavía conserva la comunicación en la cual se le manifiesta que el Cabildo Metropolitano, resolvió con­cederle plaza de campanero de catedral, fijándole un sueldo men­sual de $ 45.00. La comunicación está fechada el 5 de julio de 1929 cuando apenas se acababan de abrir los cultos, después de la persecución callista.

Dice que antes de tener el nombramiento oficial, ya le gus­taba mucho ayudar a repicar, auxiliando desinteresadamente a don Francisco Guzmán que fue su antecesor y aún a don Cruz Gonzá­lez a quien también alcanzó a conocer y de quien nos señala, en trazos desleídos de rojo, las líneas de este nombre escrito sobre uno de los paños altos del cubo interior de la torre sur. Este señor González debe haber sido campanero de catedral a principios del otro siglo o quizá antes.

Trasmitido de uno a otro el reglamento al cual sujetan los toques de las campanas en la iglesia madre de la Diócesis, afirma el campanero actual que esta es quizá la única catedral no sólo de México, sino de América, donde se observan normas muy estric­tas conservadas desde el tiempo de la colonia. Dice que él recuerda haber visto un cuaderno escrito a mano donde su antecesor don Francisco Guzmán guardaba apunte de los usos y costumbres impuestas para el toque de las campanas; que él no tiene a la fe­cha nada escrito, que de memoria guardó todo y así sigue obser­vándolo al pie de la letra.

No es posible en unos párrafos hacer recuento detallado del reglamento que rige los toques de campanas. Enumeramos sólo por vía de curiosidad las veces en que deben tocarse, sin detener­nos en la forma y característica de cada toque.

Entre los toques fijos, están ante todo el toque del alba que se da a las cinco de la mañana, en invierno y a las cuatro en verano; consta de seis toques pausados, con una lentitud por donde caben en brazadas de luz, los primeros pestañeos de la mañana; al último tres toques seguidos.

A las siete y media comienza a llamarse a Coro, costumbre que no tiene en realidad razón práctica, no sólo porque ninguno de los señores canónigos se guía por el toque de las campanas para acudir al rezo del oficio divino, sino porque esos toques con anti­cipación de una hora y media -se entra a Coro a las nueve- pa­recen suponer una distancia respetable que tal vez se llegó a reco­rrer a pié o en remuda, pero que ya nadie hace así. Con todo esto, desde las siete y media y cada cuarto de hora, hasta las nueve, se está llamando, primero con campanadas ordinarias, y de las ocho en adelante, se van dando “unos pinitos”, que consisten de un de­terminado número de vueltas con diferentes esquilas cada vez.

Luego está el toque de las doce, que se da con nueve campa­nadas a intervalos espaciados y luego tres seguidas con la campana mayor.

Desde las dos y media de la tarde comienza a llamarse de nuevo a Coro en la misma forma en que se hizo por la mañana, cada cuarto de hora, con campanadas y esquilas, hasta las cuatro, pero intercalando en esta serie el toque de las tres de la tarde.

En seguida el toque de La Oración o del Angelus que se da, según el tiempo, en la misma forma que las doce.

Por último a las ocho de la noche, el toque de ánimas, que consiste en toques de “doble menor” durante un cuarto de hora.

Hasta aquí los toques diarios, porque vienen luego las fiestas y cada una tiene su reglamento propio. Así, por ejemplo, en las de primera clase, al canto de Maitines deben repicarse solemne­mente todas las campanas. Esto viene a ser más o menos a la media hora de que iniciaron los canónigos el canto del Oficio, es decir, en la mañana a las nueve y media y en la tarde a las cuatro y media.

Los mismos toques de llamada a Coro se hacen en las fiestas solemnes con cuatro vueltas de cada una de las seis esquilas que tiene nuestra catedral. Esa es la norma general, porque hay festivi­dades como la de la Ascensión del Señor que tiene además el canto solemne de Nona -otra hora litúrgica- a la que también hay que dar un repique general a las once y media de la mañana.

Hay otros toques de fechas muy señaladas, como los de sede vacante que consisten en una campanada sola, cada cuarto de hora y durante el término de doce horas a partir del momento en que se recibe la noticia de la muerte del Pontífice o del pre­lado propio.

Y están también los repiques de ocasión especial, como pue­de ser a la elección de un Papa, o a la designación del Obispo de la Diócesis; o como aquellos repiques que dice Don Manuel Soltero lo entusiasmaban tanto en sus mocedades. Se refiere a los repi­ques que el Domingo de Resurrección, antes de la reforma li­túrgica, empezaban a darse a las dos de la madrugada, haciendo tocar a un tiempo todas las campanas de la catedral.

ARTE DE TOCAR LAS CAMPANAS   

El campanero actual de catedral no se explica lo que pasa en estos tiempos. Antes estaba lista la muchachada a la hora en que sabían que debían tocarse las campanas, para venir a pelearse por una esquila o una campana de las grandes, alegando toda clase de derechos.

Ahora, nos dice, hay ocasiones de repique general en que no se cumple el reglamento porque no hay quien venga a ayudar. Tiene que andar buscando por las calles, rogándoles por ahí a jó­venes y señores que encuentra, y no de balde, sino mediante una retribución.

Para tocar todas las campanas se necesitan diecisiete perso­nas, pues éste es el número total de esquilas y campanas que tiene la Catedral de Guadalajara, sin contar naturalmente las del reloj ni la antigua campanita llamada del correo que se usa tan sólo en las Posadas.

En relación a este problema refiere don Manuel que no hace muchos años, en vida del canónigo Quintero, cuando fue tesorero del Cabildo, quiso implantar un sistema eléctrico para tocar por medio de motores y brazos convenientemente dispuestos, todas las campanas. Vino al efecto un individuo e hizo una demostración satisfactoria, pero hubo quien sabe qué dificultad y la cosa quedó ahí.

De ello se alegra el campanero, pues dice que por más perfecto que sea un sistema así, no se puede dar jamás a unos toques de campanas el “sentido” que requieren para cada ocasión. Qué es­peranzas que por combinaciones eléctricas y mecánicas pudieran darse unos “dobles” como aquellos de que hablaba el Padre Pa­lacios cuando decía él de “hacer llorar las esquilas”, forma que consiste en hacerlas girar tan lenta y suavemente que su sonido parece de verdad un lamento.

Todo eso tiene su secreto. Así como no se debe “ahogar” el sonido de una esquila por la prisa con que se le voltee, o el de las campanas por el frenesí con que se hagan golpear sus badajos, tampoco se deben tocar tan desabridamente que parezcan relo­jes a los que les falta cuerda, de tan exasperante y apacible len­titud.

Don Manuel conoce sus campanas y sus campanas lo cono­cen a él. Sabe que hay toques de aleluya y toques de agonía. Y sabe que unas campanas hablan con un acento alegre y otras tie­nen un sonido amargo, cada campana con su diferente voz para cada trance de la vida o el inevitable encuentro con la muerte.

Lo sabe y lo siente así cuando toma en sus manos el cordel.

Parece entonces que se transforma, que se vuelve fuera de sí, como anunciador apocalíptico, como pregonero mesiánico, por­tador de una trompeta de la que sabe sacar vibraciones punzantes, estremecimientos de tempestad o dulces tañidos de cuerdas de violín.

Aquel haz de hilos se agitan y tiemblan a impulsos de una emoción desconocida. Se diría que en sus manos tiene las riendas que dominan, que rigen, que conducen el paso del tiempo, el rit­mo de la vida…

En su novela el Lic. Agustín Yáñez vio las manos del cam­panero como las del “pastor que conduce los invisibles hilos de una orquesta, o los alados dedos que juegan saltando sobre arpas, los alados dedos brincando músicas en las teclas del piano, en los registros del órgano; manos de celebrante, ágiles y graves”.

NUESTRAS CAMPANAS, NUESTRA VOZ

Cuarenta y ocho años son ya una vida. Durante ese tiempo el campanero de catedral, plantado en su atalaya, ha visto la trans­formación de Guadalajara, ha sido testigo de importantes aconte­cimientos, y ha seguido la rutina de vidas y horarios en nuestra ciudad. “Todos los días a las mismas horas, pasan las mismas gen­tes. Mire usted, ahí viene don Ramón Hernández el de la papele­ría… faltan veinte para las nueve”. Y saca un respetable reloj de bolsillo para confirmar la hora.

En cuarenta y ocho años ha remansado en su memoria un arsenal de recuerdos y anécdotas… “Cuando el temblor del trein­ta y dos; no se Imagina el susto que llevé. Me había quedado dor­mido cuando… piense lo que será un temblor a esta altura, viendo que las torres se blandean así, para un lado y para otro”.

O también: “Allá entre el treinta y seis y el treinta y siete, durante veinte meses no se tocaron las campanas. Sucede que a un regidor de nombre Justo González le molestaba mucho el so­nido de las campanas y presentó en el Ayuntamiento una mo­ción para que se prohibiera el toque de campanas en la ciudad… Ya teníamos unas ganas de repicar…

Y esto otro: “Como tengo que pasar aquí horas enteras, a veces me llega el sueño y, bueno, me descabezo una siestecita… ¿no creerá que una vez en una pestañeada que di me robaron el reloj, el saco y dos miI pesos que traía en la bolsa? Debe haber sido un individuo muy hábil que logró subir hasta acá sin que na­die lo viera”,

Al último una confidencia: “Yo podía haber seguido una profesión… de abogado, por ejemplo. Una hermana me insistía en que dejara esto… ‘Estás ahí porque quieres, pero en eso no lograrás ningún porvenir’, Así me decía, pero no le hice caso y no me he arrepentido. Ahora estoy viejo y enamorado de mis campanas. Si tuviera que dejar de tocarlas por algo, creo que no aguantaría viviendo aquí, mejor me iba a otra parte… Pensar que unas manos ajenas venían aquí a tocarlas y de cualquier modo, no como debe ser”.

Cuarenta y ocho años son ya una vida y sin embargo, apenas cuentan en la existencia de nuestras campanas algunas de las cua­les casi han cumplido tres centurias. Una vida y muchas vidas han pasado y seguirán pasando, y ellas continuarán allí, registran­do el latido del tiempo, pulsando los gozos, las agonías y los due­los de este torrente humano que pasa bajo ellas.

Y el tañer de nuestras campanas, el que escucharon aquellos hombres de los años seiscientos, será el mismo que escuchen los que vengan después del año dos mil. Por la voz de nuestras cam­panas tendrá Guadalajara su fisonomía propia, su personalidad de­terminada.

Uno de los rasgos definidores de cada ciudad está cabalmente en el timbre de sus campanas. Nos apoyamos en el decir del mismo Lic. Yáñez:

“Las campanas de cada lugar han de ser como la lengua de cada individuo: éste habla ronco y aquél atiplado; uno tarta­mudea y el otro es taravilla, sin que lo quieran, sin que lo hayan aprendido; por naturaleza y respondiendo a los más pequeños modos de su ser, a sus virtudes y debilidades”.

Nuestras campanas, sonoridad de plata, relámpago luminoso sobre el cielo azul de Guadalajara, tienen la voz hecha como un espumear de alegría, como un torrente de vida, como esta casca­da musical de aes que lleva en su nombre Guadalajara.

Y podemos ir a calmar el frenesí ardoroso de nuestras inquie­tudes, la desesperación enloquecida de este apresurado vivir, bajo la sombra de nuestras campanas, como quien toma refrigerio y descanso bajo la enramada de primavera. Así vivimos y así vive Guadalajara bajo la enramada de sus campanas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: