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Danzas populares

EI gusto por la danza es tan antiguo como el hombre. Ya en la penumbra de la historia apa­recen las primeras manifestaciones de esta ex­presión humana. Las líneas balbucientes que empieza a marcar el hombre sobre la dureza de unas rocas corres­ponden a animales, moviéndose con la gracia y levedad de un baile.

Entre nosotros, las tribus que alcanzaron una cultura más avanzada, dejaron extraordinarias muestras de este afán por ex­presarse en ritmo y movimiento.

Los dioses y los hombres participan indistintamente de este empeño y sólo por excepción, en casos que así convienen a las exigencias rituales, pueden hallarse figuras en descanso y endure­cida rigidez.

No nos extrañamos de ésta que puede considerarse una ne­cesidad del hombre.

El inquieto latir de nuestra sangre, el fluir rítmico de vida que llevamos dentro de nosotros mismos, es ya una danza mara­villosa que comienza en el primer latido de nuestra existencia, y sólo ha de apagarse en la inmovilidad horizontal en que tendremos que reposar. Tanto es así que una antigua invocación cristiana que data del siglo XI o aún de más allá, pide para los que se mueren el “descanso eterno” con lo que se quiere indicar que antes de esa aterradora quietud, hoy es en nosotros todo movimiento y toda agilidad, todo ritmo y toda pasión, toda fuerza y todo frenesí incansable.

Por su parte, los que estudian el misterio de la vida, han se­ñalado cabalmente ésta del movimiento, como una de las carac­terísticas más elementales de los seres vivos. Moverse es señal de vida; y el término ha de entenderse en sentidos más profundos que atañen al campo invisible de nuestras facultades superiores, pero en especial al sentido concreto y palpable de movimiento fí­sico conforme a un viejo latinajo macarrónico que precisaba así: “mortus es cui non resollat necue pataleare potes”.

Lo que empezó en sístole y diástole, un día sigue “de punti­ta y talón”. En otras palabras: en cuanto el hombre tuvo concien­cia de su magnífica y formidable facultad de movimiento, ensayó mil formas airosas, mil expresiones de agilidad, de gracia, dando lugar a los innumerables géneros de baile que se conocen.

Por supuesto que las más rudimentarias formas de baile fueron acompañadas de la música. El movimiento de los sonidos, pidió el movimiento de los cuerpos; el acompasado golpear de unas maderas, el resoplar dentro de un cuerno en afán de imitar el ulular del viento, quiso ser reflejo del rítmico saltar de los baila­dores o quiso ir a una con los cuerpos que se torcían en languide­ces apasionadas.

Con ello puede afirmarse que el mejor testimonio del carác­ter, temperamento y sensibilidad de un pueblo y de una época, están en las modalidades propias de su música y de sus danzas.

El baile entraña el documento más rico y elocuente del al­ma. Cadencia o frenesí, refinamiento o aspereza, lascivia o espi­ritualidad, todo esto y otros incontables matices pueden hallarse en el baile y en la música de los pueblos, de acuerdo a su modo de ser, su clima sus circunstancias históricas, su cultura.

Al principio de los tiempos, las formas del baile concuerdan fielmente con los estilos de una vida ahogada en la superstición, en la violencia, en la lucha de unos contra otros por sobrevivir.

A medida que la civilización va madurando el alma de las gentes, empiezan a registrarse otros géneros de danza más armó­nicos, más dulces, más elaborados.

Recorrer aunque sea los más conocidos estilos de danza, es recorrer la historia del mundo, su evolución cultural, los distintos y preciados testimonios de las cumbres más altas de tal país o de tal época.

De todas las formas de danza conocidas por nosotros, hay una por quién sabe qué secretas motivaciones detenida en un punto. Hablamos de ese género de danzas de sabor indígena que tanto arraigo tiene en la tradición de México y que por lo visto, ha trashendido las centurias, conservando el mismo acompasado juego de movimientos, la misma desesperante melancólica rudeza, el mismo atavío de indudable inspiración indígena.

Un enorme sector de nuestro pueblo tiene en estas danzas particular motivo de embeleso; la muchedumbre se apiña en torno de estos hombres de resistencia increíble. Todas las más impor­tantes festividades del calendario religioso de México, prestan oca­sión para el lucimiento de los bailadores extraídos de las capas más humildes de la población.

Un misterioso sentimiento de tributo a la divinidad hace a estos hombres soportar prolongadas y torturantes jornadas.

Todo lo anterior nos llevó a buscar el diálogo con estas gen­tes, a inquirir sobre su organización, sobre las fuentes de donde aseguran la fidelidad inviolable de formas eternas, el estilo y las particularidades apenas sensibles entre el vestuario de uno a otro grupo

Y podemos decirlo: el hallazgo fue maravilloso. Una vez más pudimos sentir la impresión y la emoción de un contacto con el pueblo que guarda un rico filón de sensibilidad y sigue mante­niendo riquísimas reservas de fe y de amor a México y a sus tradiciones.

Compartimos cordialmente con un grupo de danzantes en el momento en que se “revestían” solemnemente para un “desem­peño”.

Estuvimos en la casa misma del jefe de otro grupo de los más importantes y antiguos de Guadalajara; pudimos conocer en fin el Cuartel General de Danzas Chimalhuacanas del Estado de Jalisco, por la calle de Guanajuato, donde se controlan cuidadosa­mente las actividades de los conjuntos de esta zona.

De todo esto pudimos recoger un acervo muy valioso de da­tos, y comprobar y palpar por nosotros mismos el cariño y la ab­negación que los danzantes ponen en su arte, el tinte de religiosi­dad de que lo envuelven y la actitud de ofrenda y oblación a la divinidad con que lo practican.

Cada gesto, cada palabra, cada nueva opinión recogida en este empeño nos hizo sentirnos identificados con el pueblo y con los pueblos que es donde se acendran las más limpias virtudes de mexicanidad y donde se guarda como tesoro inviolable, un mundo de tradiciones que nos hacen seguir siendo el “mismo México”.

De ahí, de esas emociones, hemos espigado algunas referen­cias al respecto:

La animación del vecindario salta en los colores de fiesta de los estrenos, en los adornos de papel de china sobre las puertas y ventanas, en las vendimias que rodean de sabores, de colores y de olores, la iglesia y la plaza municipal.

No se cansan las campanas de llamar a fiesta y riegan la alga­rabía de unos repiques que vibran en la sangre y estremecen el alma. Luego el estallar escandaloso de los cohetes que arrancan un Jesús de pánico en niños y doncellas. La banda y el mariachi que ya no atinan una, cansados los músicos de un cantar y soplar que comenzó a las tres de la mañana…

Sólo los danzantes mantienen el mismo ritmo de su enérgica faena, como si apenas estuvieran entrando en calor. Los semblan­tes sudorosos y agobiados, pero la expresión igual, llena de un mís­tico embeleso, de una hierática y adusta seriedad. Y los pasos mar­cados sobre las losas del atrio, prosiguen con el mismo frenesí, con la misma vigorosa uniformidad, con la misma devota obla­ción de un ser todo, magullándose, exprimiéndose en obsequio del santo o la divinidad a la que se dedica aquella fiesta.

— Sí, ya le digo, nosotros andamos en cuanta función se hace por aquí a lo cercas; y ni siquiera nos ponemos a ver si nos invitan o no, lo único que nos importa es que los muchachos pue­dan dejar su trabajo por un día o dos, según el caso, y desde luego que podamos disponer de unos centavos para el pasaje o para la familia… Pero lo menos, fiestas como la de Moyahua, el Señor Santo Santiago, o como las de Cocula a Señor San Miguel no se nos escapan nunca… Ya le digo, tenemos esa costumbre de ir por nuestra cuenta a las funciones de por aquí…

La pausa es como un suspiro. Nada más unos minutos para limpiar el sudor, para componer aquella correa del huarache o para anudar el barboquejo de listones que ata el gallardo plumero.

Entre tanto, el violinista o el que toca el tambor, también distiende y contrae repetidas veces los dedos, entumecidos doloro­samente en el mismo movimiento practicado una vez y cien mil veces, con monótono y cansado llorar.

La música que acompaña a los danzantes parece haber venido de los tiempos más antiguos de nuestra historia; no es sino un estribillo o frase melódica, de un primitivismo elemental, que a fuerza de trazarse infinidad de veces, sin modificación ninguna, acaba por dejar en el alma una sensación de bochorno y fatali­dad.

Aun cuando suelen emplearse para la música de danza diversos instrumentos, no puede faltar el tambor que marca el ritmo de los pasos y pone en el ambiente un aire tristísimo que va Ileván­donos al mundo de las supersticiones y ritos sangrientos de las épo­cas prehispánicas; luego nos deja perdidos en aquella hondura sin sol. ..

— Es muy listo ese muchacho de la tambora; antes él tam­bién bailaba, pero ahora como que le gusta más la cuestión esta. Él solo se pone a buscarle, y cuando menos acordamos ya nos trae una tonadita nueva, a la que nosotros le vamos acomodando el paso. Por eso tenemos muchos bailes distintos que las otras danzas nos quieren copiar, pero no pueden, les falta la música.

— Y sí, como usted dice, el tambor lo hace todo; eso entre nosotros, porque hay otras danzas que se acompañan de violín y de un tepehuaje, un tronco grueso y vaciado por dentro del que sacan un sonido muy bonito. Otras no, otras llevan también guitarritas que se van tocando al mismo compás de la danza por los propios bailadores. Los sonajeros que usted habrá visto llevan sonajas, y su acompañamiento está a cargo del tambor y de un pi­tito de carrizo que toca muy triste. Es nomás cosa de fijarse uno y descubre que cada danza tiene su chiste…

Nosotros nos fijamos y nos sentimos arrastrados por esa do­liente salmodia, por ese agudo sentimiento de fatalidad con que los danzantes vuelven una y otra vez sobre sus pasos, avanzan y re­troceden, se envuelven hacia adentro en una doble fila de movi­mientos sincrónicos, inclinan el cuerpo hacia la derecha, alzan aquella pierna y siguen avanzando, ahora siguen retrocediendo mientras el golpear acompasado del tambor, modera aquellos mo­vimientos en un ambiente de religiosidad profunda y desoladora.

Al ritmo de los pasos, golpean y tiemblan los mil carricillos que forman parte muy importante del atuendo. Se esfuman por el aire los diferentes colores de las plumas que adornan el altivo penacho, y vuelan y se tienden los listones que penden del mismo penacho, o del cuello, los brazos y hasta las rodillas.

y así, al movimiento de la danza, cada uno de aquellos hom­bres parece convertido en un torbellino de colores, en una erup­ción de vida, en un puñado de rosas deshojándose al brusco golpear sobre el pavimento.

— Sabe por qué me hará tantas preguntas, pero mire, no es que quiera hacerme, lo que pasa es que nuestros vestiditos ya están muy acabados, me da vergüenza enseñárselos, pero para que no diga que es porque no quiero, ora verá, aquí los tengo y voy a explicarle todo.

Entre los atuendos ordinarios, está la corona que consta de un simple rodete de cartón grueso, forrado al exterior de franela roja y adornado por espejos, collares, lentejuela, según la posibi­lidad económica del dueño.

Del rodete mismo se sujetan o sostienen unos rieles o alam­bres emplumados vistosamente con plumas de diferentes colores, combinados al particular capricho de cada quien…

— Es fácil pintarlas: nomás se meten en agua caliente con anilina de color y ya.

De la corona penden a la parte de atrás, una serie de listones de colores también, como para cubrir la nuca; y por delante y cayendo sobre el rostro del danzante, sarta les de cuentas y collares.

— La regla es que sean seis collares por orden de tamaño, de modo que tapen desde los ojos hasta la piocha.

El corpiño, especie de blusa con mangas largas y abollonadas, es seguramente la prenda menos tradicional, pues vino a usarse en las danzas, tomándola sin duda de los disfraces de soldados espa­ñoles que se emplean en las “danzas de conquista”.

Otra prenda que también parece inspirada en estilos españo­les es el calzoncillo largo, con jareta al tobillo. El color llameante, siempre vivo y escandaloso del mismo calzoncillo y del corpiño, dan punto de conjugación con las demás, a estas prendas un tanto extrañas.

La “nagüilla” sí es típica entre los atuendos de tradición in­dígena. No está formada sino por un par de mandiles de color vivo, adornados de sucesivos flecos de carrizo delgado y mejor todavía de canutillos de paja de trigo que dan un sonido particu­lar y un estremecimiento sugestivo a cada paso del baile.

— Estos carricillos son de los buenos, mire usted. Son de puro carrizo negro que fuimos a traer a la barranca. Este sí es re­sistente y suena mejor que el blanco que antes había por cargas en el Panteón de Mezquitán.

La preparación de estos mandiles es laboriosa y cansada.Por principio de cuentas hay que limpiar la vara de carrizo y apresurando el trabajo, antes de que vaya a secarse, cortar los canutos sobre medida exacta, valiéndose de un cuchillo que no ofenda ni deje filos bruscos en el tramo mismo.

Luego hay que ensartar el canuto con hilo de cáñamo que lleva en su otro extremo un taquete redondo de cuero para dete­ner el carrizo. Así de uno por uno hasta completar cuatro o cin­co flecos iguales sobre los mandiles que se atan a la cintura, uno por delante y otro por detrás.

Aquel torbellino de plumeros, de sonajas, de espejos, en evo­luciones, en movimientos acompasados, en el resonar vigoroso de unos huaraches gruesos de madera de mezquite, continúa horas enteras, como una expresión muscular, dolorosa y primitiva, rimada a un son doloroso o implacable que nos transporta a los tiempos de la Conquista, o nos hace creer que de allá hubieran venido hacia nosotros estos danzantes trayéndonos su sentimiento religioso, ese fervor que se trasluce en el ceño contraído de sus brunas frentes sacerdotales.

También parece como si en el monótono llorar de la chiri­mía quisieran decirnos la tragedia de su dominación, y entregados a la fatalidad, ya nada más quisieran bailar y bailar sin descanso, abrazándose a lo último que les quedara: el rítmico y acompasado ritual de una danza, o la altivez simple de unas plumas de colores. Eso nada más.

Y así por horas enteras, poseídos del signo inexorable de su derrota, de la amarga desolación que quieren repetir una, diez y mil veces, trillando su dolor, saboreándolo, gozándose de él con sá­dico deleite… si no es que por sorpresa, en aquel solemne y re­ligioso misterio, estalla de pronto el latigazo brusco o los aullidos y gritos del “moreno” …

— Antes no me gustaba a mí el moreno en la danza; se me afiguraba que venía a quitarle su seriedad al asunto, pero ya des­pués he visto que hace mucha falta para que la gente se divierta con sus ocurrencias. No crea que es tan fácil ser moreno; pregún­temelo a mí que anduve muchos años haciendo este personaje de burla, que lleva máscara de palo, rodilleras de corcholatas y un chicote de cuero de tres metros. Hay que tener estilo para los chistes y que le caigan a uno; y luego entender bien los movi­mientos y los pasos de la danza, porque así como usted lo ve, entre vacilada y vacilada, el moreno es el que marca primero, y aunque se salga de la columna aquí y allá, al volverse de nuevo, tiene que saber acoplarse al minuto.

Pero con el moreno o sin él, ajenos a sus desplantes choca­rreros, los danzantes disponen de un breve tiempo de descanso, apenas el indispensable para tomar sus alimentos, y vuelven otra vez. En algunas poblaciones se les suele obsequiar con buena y abundante comida, sopa de arroz, pepián de guajolote. Y no falta por ahí la botella de tequila y la caja de cigarros como obsequio conmovido del pueblo por su sacrificio y devoción al santo de la fiesta. Pero en otras poblaciones no hay nada. Nadie piensa en sus sacrificios, nadie toma en cuenta sus necesidades y en ocasiones, como lo llegamos a saber ahora, muchos tienen que pedir prestado el importe del pasaje, tienen que contentarse con el más insignifi­cante bocado.

— Eso no lo diga para que no vaya a pensar alguna gente que nos estamos quejando; es cierto que vivimos con mucha po­breza, que cuando nos vamos a danzar por ahí, hay veces que no les dejamos a nuestras familias ni para un kilo de tortillas; pero lo hacemos porque nos gusta y porque queremos ofrecerle este sacri­ficio a la Virgen. Esto de la danza es una cosa a la que uno se en­cariña como no puede usted darse una idea; bueno, es de las cosas que se meten en el alma y se quieren más que todo.

Por eso, porque tiene un sentido así, porque van de por me­dio los sentimientos religiosos y emotivos de una raza que sabe entregarse a extremos de locura por defender y sostener lo que ama, por eso puede verse esa resistencia increíble y por eso tam­bién nuestras danzas tienen ese doble carácter de una ofrenda a los supremos amores religiosos de nuestro pueblo. Eso sobre todo, pues la profunda religiosidad de nuestras gentes, con todas las de­formaciones, con todos los desenfoques, es sin duda ninguna el punto que explica las más inexplicables e increíbles actitudes his­tóricas de México.

Una ofrenda a aquella divinidad es la ofrenda de sí mismos, de su propio ser, entendiendo o intuyendo que al fatigar su cuer­po, al exprimirlo de sudor y cansancio en jornadas bárbaras, es­tán macerando su carne, afianzando las ataduras para el revuelo místico en un abrazo con la divinidad configurada en el santo que se festeja.

Todos los pueblos de la tierra han bailado y en sus danzas han dejado el testimonio más elocuente de su temperamento, de sus inclinaciones, de su cultura. Al recorrer los diversos géne­ros de baile que se han registrado, recorremos la historia de la hu­manidad, con sus momentos de lucidez esplendorosa en que el es­píritu irradia sobre la materia, y con sus momentos de decaden­cia en que el baile ya no es una exhalación del alma en sus ansias de vuelo.

Sólo nuestras danzas autóctonas permanecen las mismas y por ellas podemos conocer las grandes virtudes de nuestra raza, recogidas y guardadas amorosamente por las clases humildes. Estas danzas, las mismas que se bailaron antes de la Conquista, están diciendo del ánimo impertérrito que caracteriza a nuestra estirpe, de su estoicismo ante las fuerzas contrarias, y de una deli­cada y fina sensibilidad que quiere manifestar en vuelos airosos y en colores de fiesta, la luz que lleva dentro.

Con todo, están manifestando su espíritu de religiosidad, el deber que sienten de seguir tributando a poderes sobrenatura­les una ofrenda, así sea la de su propio ser magullado y exprimido dolorosamente en oblación y sacrificio.

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