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El Sarape

Cuando los poetas se llenan de fervor patriótico y alzan “la voz a la mitad del foro … para cortar a la epopeya un gajo”, suelen decirle a la patria”, elogios de mucha novedad y belleza.

AIIá está la palabra encendida de aquél que se gozaba en el prado de colores que compone nuestra geografía; y recogiendo pinceladas de uno y de otro rumbo, fatigado y ya confundido en la viveza de tantas luces, en la variedad de tan radiante colorido, en­trecerró los ojos sumido en un éxtasis poético; quería abarcar men­talmente la dimensión esplendorosa de nuestro suelo. Sonrió y se gozó por el feliz hallazgo: esto es, sí, México está retratado en un sarape que llaman de Saltillo, es como un sarape desflecándose en el espumado contorno de sus litorales…

A esta altura pusieron los poetas el sarape. Así, sin averigua­ciones, sin precisar la procedencia ni autenticidad de la prenda; sin importarles saber que en muchas partes del país se fabrican los sa­rapes, menos, o si acaso en escala insignificante, en el mismo Salti­llo. No sabrían ni les interesaría saber que Jalisco es uno de los surtidores más fuertes del sarape de Saltillo, en Saltillo.

Los poetas… Como los pájaros de aquel poeta, que cantan sin saber que cantan, sin saber qué cantan, sin saber que encantan…

En San Andrés de Tlaquepaque

Aquella tarde amenazada de tormenta. La humedad del viento y su perfume de milpas en espiga. La tranquilidad del pue­blo aquí, a un paso del vértigo ensordecedor de la ciudad. Las callecitas recién lavadas en el aguacero de mediodía y los charcos de agua donde se refleja el hervor ennegrecido de otra nublazón.

Estamos en San Andrés, el pueblecillo que empieza a abrir sus puertas a la corriente estruendosa de la ciudad, y se sale y se queda al sabor de sus tardes, contemplando las luces y el alboroto lejano; pero mejor que esto, la quietud y el temblor de los últimos reflejos del día.

Estamos en San Andrés y buscamos un taller de sarapes que, nos dijeron, aquí antes de pasar la placita, doblando a mano de persignar, es conocido por todo el vecindario.

Unos chiquillos adivinaron nuestra indecisión: antes de pre­guntarles ya estaban animándonos:

— Pásese; no necesita tocar. Todas las gentes se meten hasta dentro. Si está tocando no lo van a oír nunca… Allá en el fondo está don Tomás.

Un zaguán amplio. Un corredor lleno de macetas. Un patio plantado de crisantemas y belenes. Y un guacamayo escandaloso y gritón que hacía equilibrios en un alambre.

A la alharaca del pajarraco, a nuestro saludo en voz alta, de una de aquellas callejuelas de hierbas de la temporada, vino don Tomás Romo. Su sencillez, su bondad, su amable disposición a satisfacer nuestras curiosidades, y ya estamos en plena charla cómodamente sentados en un sillón de cuero natural.

– Yo creo que eso que me dice, es nada más porque se imaginó que así tenía que ser, que no era posible que Jalisco anduviera atrás de nadie en esto de la fabricación de sarapes; ahora verá usted, espéreme un momento.

De este modo nos previene don Tomás; se levanta, penetra por una puerta que da a un extremo del corredor y vuelve casi al instante. Trae en las manos un pedido que acaba de recibir de una tienda que se llama “La Saltillera”; ahí está la especificación de los tipos, medidas y clases de los sarapes que le están solicitando.

Así, y con la misma expresión amable, con el mismo tono de voz donde parece esconderse una satisfacción, un discreto orgullo de jalisciense, nos explica este buen hombre que cuando se habla de sarapes de Saltillo, se habla sólo de un estilo particular que nació sin duda en aquella ciudad y que a la fecha se fabrica en dis­tintos lugares del país, especialmente en Jalisco y en San Miguel de Allende.

y como conocedor del oficio y enterado del desarrollo de esta industria tan característica de México, nos asegura que éste que se conoce como sarape de Saltillo, dista mucho de la auténtica prenda que alcanzó tanta fama. El conoció el verdadero sarape, el que se fabricaba allí hará cosa de cien años…

Diciéndolo, nos cuenta una historia. Le sucedió a él mismo cuando empezó a dedicarse a este trabajo, allá por 1930 o algo as así.

— Ora verá usted. Andaba yo muy quitado de la pena ven­diendo mis sarapes por el rumbo de las colonias, gritando y recal­cando que se trataba de sarapes de Saltillo. Pasaba la tarde y no vendía ni uno. Cuando en esto, sale de una casa muy catrina una señora y me llama. Ahí voy entusiasmado pensando que al fin iba a vender el primero. Pero, aquella mujer no ten nía cara de buenos amigos, y sin más ni más me suelta la pregunta: ¿Conque sus sa­rapes son de Saltillo, he? Yo no hallaba qué decirle, empecé a tartamudear y a explicarle que los viera: eran muy bonitos. Enton­ces la señora me dijo de plano que no fuera mentiroso, que podía asegurar que ni siquiera conocía los verdaderos sarapes de allá, que me pasara, que iba a enseñarme uno auténtico …

Y sí, don Tomás está de acuerdo en que aquellos sarapes que hacían en Saltillo tenían un trabajo extraordinario de delicadeza, de paciencia, de elaborada terminación en grecas, en culebrillas, en cenefas trazadas en una dirección en otra, todo realizado en una finura exquisita.

Aquellos sarapes fueron tejidos por las señoras amas de casa, en telarcitos como de jugarrera. Se nos da el dato con otros diver­sos pormenores, como el de que acabadas las tareas domésticas, venían las mujeres a entregarse como pasatiempo a tejer un sarape, tratando de emularse con el dibujo más complicado, con las com­binaciones más laboriosas. Podían durar meses y aun años en un mismo sarape. Esto no les importaba, lo que querían era hacer una prenda que ganara a las demás en preciosismo artístico.

Esos fueron los verdaderos sarapes de Saltillo que ahora ni siquiera conocemos nadie. Don Tomás Romo nos dice que él trató de hacer uno de aquel estilo y que le resultó con un costo ele­vadísimo por el tiempo y el trabajo que requirió. Luego, nadie se lo quería pagar en su justo precio y le salían con el pretexto de que no, después de todo, aquello ni estaba tan bonito por el enre­dijo de tantas figuras y rayas que emborrachaban y causaban do­lencia de ojos.

Estilos de Sarapes

En la actualidad, hablar de un sarape de Saltillo, es hablar de éstos que conoce todo el mundo por sus franjas multicolores que se van repitiendo en lentas gradaciones de un tono a otro, hasta llegar al color más fuerte, para luego decrecer con la misma sua­vidad.

Pero hay otros estilos también famosos y acaso más busca­dos ahora por el público; éstos son los siguientes:

El sarape de Jocotepec, que ostenta en su superficie general­mente blanca o negra, una variedad de flores regadas a capricho; flores vivas, en una estilización de las que llamamos rosas de cas­tilla, entre pájaros también de colores y también estilizados nove­dosamente.

El sarape de Texcoco que se caracteriza por sus dibujos de inspiración indígena; cenefas en alarde de formas geométricas muy diversas y con una estrella enorme en el centro, formada de numerosos picos que saltan y se desprenden en juegos sugestivos.

El sarape de Oaxaca que tiene la particularidad de unas gre­cas realizadas en variedad de dibujos y colores, como para enmar­car y dar realce adecuado a la figura central del ídolo majestuoso y hiératico que ocupa la mayor superficie.

Otro estilo muy conocido en sarapes es el que se fabrica es­pecialmente en Guadalupe, Zac. En éste, se reproduce con asom­brosa fidelidad y con la paciente delicadeza de una aguja que borda, no sólo los rasgos físicos sino hasta el temple moral de al­guna persona determinada.

Por fin, nos habla don Tomás Romo de sus sarapes estilo San Andrés, en los que ha querido crear una nueva línea de mucha moderación y equilibrio en el combinado de los colores y adornos, elegidos con notable sentido artístico, con innegable buen gusto.

Dice que él quiso crear un estilo suyo, porque él también tenía que expresar su modo de sentir las cosas, porque quería manifestar su forma personal de dibujar una greca o de combinar los colores.

Pero hubo otra razón comercial. Los clientes, cuando van a ver sus trabajos y admiran aquellos sarapes, y oyen mencionar el estilo de Texcoco o de Oaxaca, se abstienen de comprar pensando que para su próxima visita a ésta o aquella región, aprovecharán la oportunidad para una mayor variedad y un mejor precio. No hallarán seguramente ni lo uno ni lo otro, porque los revendedo­res de allá no pueden competir en nada con quien fabrica el mismo ese tipo de sarapes. Esto llevó a don Tomás a fabricar un estilo San Andrés, para que así pensaran los compradores que sólo aquí podrían encontrar este estilo de sarapes, al menos éste.

Cómo se hace un sarape

Estamos platicando hace un buen rato con don Tomás Romo. y no ha llegado a cansarnos su conversación llana y cordial que va tejiendo con mucha amabilidad, salpicándola aquí y allá de una anécdota, de una historia; igual que en la trama de los sarapes de San Andrés, entrehila cuando quiere, una figura más viva o un juego de colores más llamativos.

En el curso de la charla le hemos pedido su opinión: qué sabe él acerca del empleo que se da a los sarapes, qué utilidad tienen, por qué los compra la gente.

Nuestro amigo se las sabe todas y ha comenzado a precisar épocas, a distinguir entre varias clases de personas.

Para la gente “de más antes”, especialmente entre personas de ascendencia indígena, el sarape tenía todas las aplicaciones ima­ginables; se le usaba como manta de viaje, como tendedera en los mesones, como protección contra el frío; servía hasta de defensa en los pleitos para burlar el golpe asesino de un puñal, “y para me­jor decirle, hasta para quitarse una de aquella balas de plomo, pues sé de muchos casos en que un balazo llegó a ‘entrapajarse’ en la trama cerrada de un buen sarape”.

Ahora las cosas han cambiado mucho; casi toda la gente los emplea como adorno, ya en los muebles, ya en la mesa de centro, ya como tapete de sus salas. Entre éstos especialmente los de Oaxaca con su figura central bien dibujada, lucen mucho sobre un muro como el más preciado y artístico gobelino.

Por supuesto que no se habla aquí de sarapes hechos con toda la ley de pura lana, con el tejido de hilo cruzado uno por uno, como los hace don Tomás.

El los hace así; nos lo demuestra a la vista, enseñándonos el largo proceso de la fabricación.

Primero los carretes de lana que él compra ya hilada, pero cerciorándose de su autenticidad, manifestada muchas veces hasta en las espinas del campo con que llegan todavía aquellas hebras finamente torcidas.

Luego viene el teñido de los colores que van a necesitarse, para lo cual se sirve de unos peroles enormes, puesto al fuego hasta hacer hervir las tintas que se emplean; se trata de tintas químicas en fórmulas muy estrictas, para dar el tono o el matiz que se quiere.

Por cierto que esto tiene su secreto, pero nuestro amigo no es egoísta, dice que él no tiene empacho ninguno en proporcionar el santo y seña a algún compañero de industria que se lo pida.

Se trata de fórmulas minuciosas que hay que aplicar al pie de la letra… “Esto es como la medicina, sabe usted; hay que usar un polvillo de éste y luego de aquél, cada uno en cantidad exacta; de unos más y de otros menos, según el caso… ”

En seguida está ahí el urdidor compuesto de una serie de varios bastidores que giran armoniosamente en tejer y destejer de hilos que van tomando su sitio en aquellos bastidores, para pasar de ahí al telar mismo.

Los telares que visitamos son de lo “mas moderno” entre lo tradicional. Se nos dice que éstos presentan una mejoría enorme sobre aquellos conocidos como “un sosopaste”, que no eran otra cosa que unas cuerdas tendidas de un árbol a otro, enmedio de las cuales el tejedor recorría “la cama” de lado a lado, con “unos lazos atados a la cintura y que le servían para hacer fuerza con el mismo cuerpo”.

Estos telares de San Andrés, a la fecha de nuestra visita, es­taban compuestos por un rompe-cabezas de palos, bastidores y pe­dales que accionaban al impulso de los pies y manos de quien tra­baja. No era nada simple su mecanismo, al contrario, aquel tendido de hilos y las madejas de colores que se entreveraban a mano, requerían de un complicado sistema de cuerdas, bastidores que bailaban y se movían de forma muy inteligente.

Don Tomás tiene varios telares en diversos tamaños y asegura que ya hay muy pocos que conserven la forma antigua; tanto es así que en una de las celebraciones de las Fiestas de Octubre en Guadalajara, le pidieron uno para exhibirlo en San Pedro Tlaque­paque; allí duró un buen tiempo causando la admiración especial­mente de los turistas que nos visitan por estas fechas, aunque ase­gura que el telar en cuestión fue mostrado como pieza rara, que no lo pudieron trabajar en presencia de los visitantes, porque hay ya muy pocas personas que conocen y saben hacer funcionar estos artefactos.

La emoción del tejedor

Aquella tarde que visitamos esta pequeña fábrica de sarapes, pudimos ver a los hijos de don Tomás entregados diligentemente al trabajo. Y hablaron de sus telares y de los tejidos que hacían, con ardoroso entusiasmo.

Nunca podrá llegar a obtenerse en forma automática lo que ellos realizan. Las máquinas son ciegas, están sujetas a un movi­miento impuesto, no tienen pensamiento, no tienen sensibilidad para ir entretejiendo y formando al gusto las figuras que se pueden hacer.

Acaso podría haber una máquina que luego de un perfeccio­namiento larguísimo y de un sinfín de adaptaciones, pudiera tejer un sarape, pero ésta sólo sabría hacer un dibujo, tendría que su­jetarse estrictamente a un sistema de movimientos establecidos mecánicamente. En estos telares no, aquí van en primera línea el capricho del tejedor, su inspiración, su gusto en ir dejando en cada palmo de tela, una greca o una flor, una cenefa de este color o una figura geométrica con aquéllas o éstas características.

Esto es lo que da relevancia a este trabajo, esto es lo que da a los tejedores de sarapes la categoría de artistas que crean, que sa­can ,de la nada una forma nueva, que estampan en la tela un sueño, una forma, una figura que “vieron” en su interior. Ellos están po­niendo allí pedazos de su alma, están entretejiendo sus anhelos, están pintando de colores los movimientos misteriosos de su inspiración.

Entienden así las cosas y aman su trabajo con enardecido amor. Pero se duelen de que no haya la comprensión y el interés que debiera haber hacia esta artesanía, ni de parte del público, ni de parte de aquellas dependencias oficiales encargadas de impulsar el arte popular.

Piensan si acaso el refinamiento moderno ha trastocado el criterio de los mexicanos, y si acaso aquello que en otros tiempos fue tenido como símbolo vivo de nuestra alma, ahora no represen­ta ya nada. Esto lo dicen por el mismo sarape que se lucía antes con orgullo como complemento indispensable en la gallarda fi­gura del charro y en toda clase de celebraciones.

Ahora se le conserva como curiosidad, como adorno, como cosa “bonita”, como una cosa que se luce arriba en el tablado o en medio del círculo donde los bailarines están ejecutando una dan­za, pero ya no como elemento esencial de nuestra vida, ya no co­mo prenda diaria de uso general.

Y esto no está bien, dice don Tomás; esto es dejar a menos una costumbre, una tradición que fue muy mexicana. Sólo que el modo de ser, profundamente nuestro, esté desmereciendo, se esté dejando ablandar por las costumbres modernas, y con ello estemos dejando que se pierda nuestro sello nacionalista.

De otra manera, debería haber un decidido apoyo a estas industrias familiares, a cargo de quienes pueden y deben otorgarlo.

No se trata de crear grandes fábricas, telares muy poderosos, porque esto quitaría al sarape su carácter, su valor de originalidad, su mérito como obra salida paso a paso de la imaginación y el buen gusto de una persona. Se trata de dar protección a la pequeña fac­toría que en su insignificancia, en su limitada producción, ha man­tenido y sigue manteniendo la llama de una auténtica, mexicanista tradición.

Y el sarape seguirá siendo por siempre la estampa de México; seguirá tejiéndose en la trama de nuestros sarapes la mejor imagen de la patria.

Esta patria que se tiende de norte a sur y en medio de dos mares que le estrechan el talle, y es como un jardín esplendoroso de luces y colores. El verde, el rojo, el amarillo, el azul; cada rin­cón de la patria tiene su signo propio, su encanto determinado, su color característico.

Así vieron todo esto y dijeron los poetas, que la patria es co­mo un sarape. Que en la policromía de estos sarapes está refleján­dose la imagen de la patria.

Estos poetas… Si no fuera por ellos.

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