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Fuegos de artificio

A López Velarde no se le escapó detalle de cuan­tos entrañan un perfil del alma nacional. Cada imagen, en su riqueza de color, de sabor, de olor, vale como una imagen sustancial de México… o de la provincia, pues ya es apodíctico decir que la provincia es  México.

Unos cuantos elementos bastaron para que el poeta zacate­cano dibujara uno de nuestros gustos mexicanos, tradición obligada con que hacemos llegar al cielo y resonar en el estampido de un cohete, el júbilo de nuestra alma; y luego, como epílogo de la fies­ta patronal o de la celebración patria, vamos a reunimos al lugar consabido para presenciar la quema del castillo, tanto más lujoso y revestido de luces, cuanto más solemne haya sido la festividad.

Él habló de una noche oscura en que las mismas ranas tendrían que asustarse. Luego hizo alusión a la limpieza y sencillez del al­ma de nuestras gentes que no buscan placeres refinados, sino que es para ellas, todo gozo y toda emoción, el contemplar del brazo de la novia, los juegos de luz, el girar vertiginoso de las ruedas en la fantasía deslumbrante de la “galana pólvora”. Y aquí aplicó un adjetivo que es quizá el más honroso y el más enaltecedor que se le ha tributado en México a la pólvora, en otras ocasiones y bajo otros puntos de vista, causa de tragedia y muerte.

Decirle a la pólvora galana, es atribuirle cualidades de ele­gancia, de armonía y de gracia. Decirle así es reconocer “la gala de la pólvora”, o en otras palabras, hacer elogio del espectáculo mara­villoso de nuestros tradicionales castillos, sin duda ninguna, ex­presión chispeante y viva del alma nacional, y también una de las manifestaciones importantes del sentido artístico de nuestro pueblo.

Se oye hablar pomposamente de juegos pirotécnicos como del arte de trabajar y combinar los efectos luminosos de la pólvora para diversión y festejo.

Nosotros nos quedamos en la expresión popular que habla a secas de “los castillos”, término que vino con toda seguridad de la forma en que son colocadas las luces, a pasos y en pisos, sobre una estructura de carrizo que tiene figura de una torre o si quere­mos, de una construcción, de un edificio, y más generosamente de “un castillo”.

Con el mismo lenguaje popular hablamos de los cohetes o de los cohetones, que tienen su diferencia en cuanto a la magnitud del estampido; de los cohetes de luz que Juan Ramón Jiménez comparaba a “un suspiro” lanzado al cielo; de las “cámaras” que llevan una composición especial y producen detonaciones estremecedoras; de los buscapiés o de los toritos de pólvora, de los saltapericos y hasta de los judas tradicionales de aquellos olvi­dados sábados de gloria, todo esto en un ambiente de alegría y de fiesta y en una mezcla de zozobra y de audacia, de espanto y de temeridad.

Remover términos y escenas de esta naturaleza, es tanto co­mo despertar rincones acaso olvidados de nuestra infancia, cuando creyéndonos muy ingeniosos lanzábamos al sorprendido compañe­ro la popular adivinanza: “Tito, Tito, con su capotito, sube al cielo y pega un grito… ”

Con el ánimo de saber cómo se construye uno de estos castillos, si hay un esquema previo para dar la mejor combinación de colores y cuánto es el riesgo de los que manejan esas peligrosas substancias, nos dimos a la búsqueda de un taller del ramo.

Tuvimos que andar preguntando de un lado para otro, si al­guien sabía de un “cohetero”, de un “polvorero” o de un “vasti­llero” término éste, novedoso para nosotros, con que son denomi­nados en algunas regiones los fabricantes de castillos de pólvora.

y fuimos a darnos cuenta que quienes realizan este tipo de actividad, han tenido que retirarse a las afueras de la ciudad, allá por el rumbo de Talpita o San Andrés, pues aparte de que las auto­ridades de seguridad y previsión social han prohibido la instalación de estos talleres de pólvora en zonas pobladas, los mismos indivi­duos que se dedican a este peligroso quehacer, toman las pre­cauciones necesarias para evitar la repetición de tragedias.

Don Pancho Guzmán quiso que nosotros nos sentáramos, él prefirió permanecer de pie; así se le facilitaba más la explicación que va a darnos, así le resultan más amplios y naturales los adema­nes con que acompaña sus palabras; porque don Pancho además de ser uno de los “castilleros” más acreditados de Guadalajara, es uno de esos hábiles conversadores que se encuentra uno entre la gente de pueblo, de agradable y amena conversación.

Ya nos ha hablado de su larga experiencia que le permite preparar por sí mismo las substancias que cada tipo de trabajo re­quiere. Para ello nada más tiene que comprar las sales, el clorato de potasa entre otras y ponerlas en la proporción exacta dentro de un barril donde son molidas y revueltas mecánicamente como una medida de seguridad.

Cuando el barril “está trabajando”, obliga a sus ayudantes a permanecer a distancia, y así aunque una vez estalló violentamen­te, no hubo entonces y no ha tenido nunca a lo largo de su oficio, desgracia mayor que lamentar.

Ya nos ha dicho que este depósito de explosivos materiales está en un baldío que tiene por el rumbo de Huentitán, que no tengamos miedo, que aquí en esta casa que localizamos casi al ex­tremo de la calle Federación, nada más se arman los castillos.

Está dispuesto a decirnos cuáles son los pasos necesarios para tener un castillo… y su conversación fluye ágil y luminosa como un saltar de cohetes de colores.

— Vamos a irnos por partes. No crea que las cosas son tan sencillas. Primero hay que llenar las cañuelas, estos carricitos que ve usted aquí de los cuales, según el tipo de preparación, se obtie­ne luz roja, verde, azul o amarilla. Estos que está arreglando el chamaco son de luz corriente, pero estos otros que llamamos luz de aluminio son más finos y dan un brillo mucho más fuerte… Ahora verá, voy a quemarle uno de cada uno para que vea la dife­rencia. Véngase, no sea tan asustón; con esto no pasa nada.

Cegados por la refulgencia tan viva de las luces de aluminio que pueden ser de color blanco, verde, amarillo o rosa, y también un poco -sólo un poco- nerviosos de pensar que pudiera incen­diarse todo aquel material, le instábamos a que nos dijera si ya con eso todo era cuestión de ir combinando a capricho este color o aquél sobre la estructura de carrizo .

. — Le digo que esto tiene su chiste. La gente piensa que ya nada más es dar el cerillazo o pegar el cigarro; pero no, después de las cañuelas, hay que preparar los chisperos de carbón, que son estos de acá y sirven para dar a la rueda el tirón necesario para que gire… Aquí está una arreglada ya: vea los chisperos puestos en el mismo rumbo para que hagan parejo y fuerte el jalón. Aparte de estos, todavía lleva cada rueda dos chisperos eléctricos; así les llamamos nosotros porque sirven para dar vista a la rueda, pues al golpe de su luz, vienen a desfogarse dos rehiletes con luces de alu­minio.

Habíamos estado repasando mentalmente: las cañuelas y los chisperos, como elementos primarios, luego las ruedas y ya está el castillo.

— Dispénseme pero croque usted es muy ansioso. Péreme. Ya que tenemos las ruedas hay que pensar en cada una de las caras del castillo, en las cornisas que son estos salientes que van a cada tramo, y en el efecto que vamos a dar a cada parte, ya sea colocando lo que nosotros llamamos palomas, que son como cohetes de luz blanca y que saltan de aquí y de allá, o también poniéndole silbidos que hacen más emocionante la vista de las luces.

— Y todo esto ¿no requiere un esquema, o un dibujo previo? Insistimos de nuevo.

— Aquí los tengo, mire usted, pero yo no me baso en ellos, no me gusta sujetarme a ningún plano, prefiero caminar de memo­ria. Los dibujos podrán ser muy buenos, pero se me figura que son como las muchachas cuando se pintan, y al día siguiente van amaneciendo todas descoloridas. Y sabe, no quiero que me vaya a suceder eso con mi castillo.

Seguramente habrá que decir que aquí se asienta el valor ar­tístico de un castillo pues a través de él se manifiesta el buen gusto, la sensibilidad imaginativa de un hombre que, al trazar este juego o aquella combinación, va tratando de crear una imagen de luz que cautive, que emocione, que produzca pánico, que seduz­ca. En eso que don Pancho ha llamado “caminar de memoria”, reside la autenticidad y grandeza de una obra de arte.

Así es, y sin embargo, nuestro amigo se queja de la poca es­tima que tienen de ellos entre las demás artes populares. Dice que se habla de “Ios coheteros” con cierto tono de indiferencia y a veces hasta de desprecio. Y esto no es justo.

El pide que se aprecie su trabajo, que se les estime, es decir, que se les estimule. Con ello podrán dar mucho, animarse y entusiasmarse a mejorar su trabajo.

Y a decir verdad, es justo este reconocimiento del público para estos hombres que se han decidido a jugar con la muerte; que de una actividad que lleva consigo tantos riesgos, han hecho un arte, no por efímero menos valioso.

Quienes utilizan cualquier otro material como instrumento de expresión, no están expuestos a peligro inmediato de ninguna especie, como lo están quienes se encaran con la misma tragedia, toman el fuego en sus manos, lo moldean, lo vencen, lo dominan, todo para hacer de él, un espectáculo de luz y de color, ante una muchedumbre que lo más que tiene es una expresión de asenti­miento, una palabra de aprobación.

— Se pone uno nervioso. Ese tiempo que queda antes de la hora en que se va a quemar el castillo, andamos todos inquietos y fuera de nosotros mismos; pero no crea que por miedo a la pól­vora, sino por el temor de que a la buena hora venga a fallar al­guna cosa y quede uno en ridículo.

Fíjese, que aquí el error más simple, una equivocación en el modo de colocar las mechas o una falla inesperada de las mismas, puede hacer fracasar el castillo. Aquella es una aventura; si le su­cede la de malas, ni modo, no va a ponerse uno a bajar pitahayas con un gancho, tirándole varazos al castillo, o queriendo prenderlo con un palo como los sacristanes prenden las velas…

A mí nunca me ha sucedido una cosa de esas, siempre me han salido bien mis trabajos, y el mejor recuerdo que de ellos conservo son las palabras que la gente dice detrás de mí, aunque yo disimulo como si no oyera nada: “que bonito salió; este es el mejor castillo que he visto”.

Cuando don Pancho Guzmán nos habla de la zozobra que precede al momento solemne en que va a pegar el cigarro a la me­cha “de entrada”, nos acordamos del nerviosismo que dicen que cogía a doña Virginia Fábregas en sus últimos años, cuando el reloj marcaba las nueve y cuarto de la noche, hora clásica en que co­mienzan las presentaciones teatrales y en que ella había iniciado sus actuaciones tan aplaudidas…

Para don Pancho la hora de fiebre es la de las diez de la no­che, pues dice que en líneas generales ésta es la hora tradicional en que se prenden los castillos en todo México.

Habla de México y se acuerda de decirnos que los mejores castilleros son los de Cholula, un pueblo del Estado de Puebla. Que también los hay muy buenos en La Barca y en Cocula, aunque él no se avergüenza de sus trabajos ante ningún castillero, tanto es así que en algunas partes le ha tocado competir con maestros de este arte, de diferentes partes del país y considera que “Ios suyos no se han quedado muy atrás”.

De Guadalajara, dice nuestro amigo que no es muy aficionada a la quema de pólvora, que los castillitos que se queman aquí no tienen chiste. Y hace mención de Sahuayo donde “se dan el lujo de poner castillos durante todo un novenario, con valor de más de cincuenta mil pesos cada uno”.

Oye uno esto y se queda impresionado del derroche de dinero para un espectáculo tan efímero. Quién sabe si aqu í pueda apli­carse eso de quemar la pólvora en infiernitos… Con razón existen restricciones muy claras de parte de las autoridades tanto civiles como eclesiásticas para el uso de la pólvora en las fiestas y solem­nidades. Don Pancho, con todo esto, ve las cosas a su modo:

— Sí, está prohíbido el uso de cohetes de trueno, no los de luces, ni los castillos en general. Y no me aparto de la razón que se tuvo para esto, pero hay que ver también la ignorancia de quienes se ponen a quemar cohetes. Cualquier ofrecido que llega recibe la comisión ésta que es muy delicada… Coge su cohete, le pega el cigarro, y no piensa o se fija en que el estallido que sale del cohe­te antes de subir, puede prender el montón de cohetes que dejó despreocupadamente a sus pies, o se echó a la bolsa como si fuera un manojo de charamuscas. Si hubiera el cuidado de encomendar esto a personas que conocen, no sucederían tantos casos …

Don Pancho es interminable en su charla. Parece que ha ago­tado el tema y vuelve a sacar aspectos interesantes y a revestirse todo él de palabras, de recuerdos, de detalles técnicos, igual que si fuera él mismo un castillo de lujo, de esos que se revisten hasta cuatro veces… y parece que nos adivina el pensamiento…

—Una vez me sucedió esto, ora verá…

Y por ahí, como rehilete de luces en serie, nos cuenta de un señor “meramente de Sahuayo” que tuvo el capricho de pedir dos castillos en uno; es decir, que primero se prendiera la estructura de carrizo en forma ordinaria, y la segunda vez, se fueran despren­diendo las partes de la misma estructura y “volando” de una por una, dejaran el palo completamente limpio. Don Pancho lo recuer­da, se alisa los bigotes y sonríe:

—Creerá que me salió todo al centavito…

Luego se pone a presumir su habilidad y su experiencia y nos recita de memoria las diferentes clases de cohetes de luz, con sus características. Entre las principales recordamos los cohetes de torbellino, los de gusanillo, los de paracaída, los de cincuenta luces y los de columpio.

Ya parecía que se había extinguido todo, y de pronto esta­lló otra vez un chisporroteo que cubre de arriba a abajo como un árbol de luz, este castillo humano de palabras en que hemos queri­do configurar a don Pancho.

— El momento solemne… ¿sabe? cuando se descorre la imagen del santo. Uno tiene que pensar en esto, aquí está el mo­mento de la emoción en que van a soltarse repicando las campanas y va a resonar la diana de la banda… Puede hacerse una ráfaga que arranque desde el pie y descorriendo el cartel donde se enrolló previamente un cromo del santo a quien se honra, quede como marco de veladoras… Aquí está el chiste, y es cuestión de pensar las cosas para que haya un efecto bonito; con decirle que yo he visto gente detrás de mí que se suelta llorando de emoción cuando llega este momento… Luego la coronita final y se acabó el castillo.

Nada más con oír uno a don Pancho tiene para ver y com­probar cuán arraigado está en nuestra tradición el gusto por los castillos, y cómo en aquellas luces de colores, en aquellos truenos o en el girar vertiginoso de las ruedas, se estremece y vibra el alma de México.

Con razón López Velarde dejó en líneas tan exactas esta imagen de nuestros castillos, uno de los motivos populares más arraigados. Su dibujo tiene la forma de una pregunta que está respondiendo todo México, en todas sus celebraciones tradicio­nales:

“¿Quién en la noche que asusta a la rana

no miró antes de saber del vicio,

del brazo de su novia, la galana

pólvora de los fuegos de artificio?”

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