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La fiesta de la charrería

Todavía el hombre del campo vive una buena parte de su vida sobre el lomo de un caballo, esto especialmente en regiones de próspera ga­nadería y donde lo accidentado del terreno no permite otro modo de comunicación.

Desde que Dios amanece, en expresión campesina, ensillan estos hombres su jamelgo y así comienza la faena cotidiana, arreando sus vacas de este al otro agostadero, en busca de aquel toro que dio en remontarse a lo más escondido de la barranca. Acaso tendrán que entorilar luego unos novillos, o tenderse a galope desesperado hasta enlazar aquella yegua bruta.

Si hace unas decenas, cuando la generalidad de nuestros cam­pesinos no tenían para sus quehaceres sino el servicio del caballo, hubiera habido una de esas personas amantes de andar sacando pormenores, de andar clasificando las actitudes humanas y se hu­biera puesto a sacar cuenta del tiempo que nuestros mayores vi­vían sobre los lomos de un caballo, tal vez se habría asombrado y tal vez habría deducido de allí, tales características temperamen­tales, tales o cuales signos de nuestra raza, que han venido fil­trándose en los siglos, por esta “comunidad” del mexicano y su caballo.

Nosotros no vamos a tantas y difíciles profundidades. Sim­plemente queremos decir que el mexicano, en términos ordinarios, no ha olvidado a su caballo; simplemente queremos decir que el ejercicio de enlazar, nuestro pueblo dice simplemente lazar, de perseguir una manada de yeguas, es todavía ocupación obligada de un buen número de mexicanos.

Queremos decir que si el acto de montar a caballo, más antes que ahora, fue una necesidad, fue el pan de cada día para el hombre de campo, para el que vive en poblaciones y aun en pe­queñas ciudades de algunas zonas, nadie debe extrañarse de que este trabajo se haya convertido, todavía ahora, en una de las afi­ciones más entrañables del pueblo medio, hasta constituir, con to­das las formalidades de un deporte que anda cerca de una cierta expresión artística, la fiesta de la charrería.

Somos, o fuimos, charros por necesidad. Lo ha sido el campe­sino y el que se pasa la vida correteando por llanos y laderas al tranco alado de un brioso alazán… De esa necesidad ha logrado una pericia admirable en el dominio de su caballo, en el manejo de la soga.

De esa misma pericia ha querido hacer después un espectácu­lo con ribetes de un preciosismo que va temblando al filo de lal te­meridad y de la manifestación de una forma artística, como los hay en la fiesta de toros.

El espectáculo de la charrería puede haber venido a menos en las ciudades donde el desplante de una vida refinada, no quiere saber de la exhibición de donaire y arrojo con que un charro se lanza a tener con los puños el ímpetu salvaje de una yegua bruta… En nuestras poblaciones, en nuestras rancherías, sigue en pie Ia afi­ción y el gusto; y siguen los hombres entregándose a esta fiesta, que llegó a ser de algún modo, emblemática del Estado de Jalisco.

La charrería sigue siendo nuestra; todavía no hay un Esta­do que gane al nuestro en ese entusiasmo, esa dedicación, la emoción y el alboroto popular por presenciar los lances de una buena cuadrilla de coleadores, el espectáculo de una soga floreando al cielo antes de prenderse sobre las astas de un toro, o al escalo­friante episodio del paso de la muerte.

Todavía va el mexicano sobre su caballo, con una arrogancia y señorío que no puede darse el que pasa en un lujoso y moderno automóvil… Si hasta llega a hablarse en el lenguaje familiar de una persona que “monta” en su coche o que se “apea” de él.

Todavía nuestras canciones vernáculas, las que se crearon para ensalzar el perfil airoso de un caballo, su servicio y fideli­dad, siguen cantándose con la más sincera emoción del pecho mexicano… La elegía por “EI Caballo Bayo”, es el testimonio más tierno y amoroso con que el mexicano expresa lo que llega a significar para él su caballo.

La fiesta de la charrería y el gusto y la afición de nuestro pue­blo por montar un buen caballo, están estrechamente unidos. De esto, brota aquello.

Sin embargo, el ser un buen charro no es cosa tan sencilla como parece. No sólo es cuestión de tener destreza y un caballo, para darse de lleno a las pruebas del donaire y gallardía en una función de charros.

Se llena uno de sorpresa al saber que en primer lugar existe una Federación de Charros, A. C., adherida a la Confederación Deportiva Mexicana, y que todas las actividades de quienes se de­dican a este tradicional ejercicio, están regidas por un Reglamento tan lleno de sutilezas, tan minucioso y acabado, que apenas hay movimiento del charro y hasta del mismo caballo, que no corres­pondan a una especificación debidamente concertada.

Al darse uno cuenta de todas las minucias prescritas por el Reglamento en cuestión, al enterarse de todos los tiquis-miquis a que ha de someterse la fiesta de los charros que es por antonomasia la fiesta de México, se llega a convencer de que el oficio de la charrería tiene mucho de artístico, de que entra, siquiera, en una expresión menor de la sensibilidad y el buen gusto innatos en el alma nacional.

Viene por principio la reglamentación referente al atuendo y equipo de caballo y jinete, con la que se quieren respetar “las clásicas costumbres de la charrería en su más pura expresión”.

Que si “deberá traer en las cantinas de su montura, manilla, cuerno, tientos … “, que si “en ningún caso faltará una buena reata”, y así por el estilo.

En cuanto a la misma presentación del charro, se distinguen los trajes de faena, de media gala, de gala y de gran gala, dando para cada cual minuciosos pormenores…

Para el primer caso se indica sombrero liso de fieltro o de palma, chaqueta y pantalón sencillos, de gamuza o tela; zapatos de una pieza, cafés o bayos; la corbata en forma de mariposa y en colores rojo, café o gris, “o en combinaciones serias, quedando proscritos los colores azul celeste, lila, rosa, amarillos y demás matices impropios de la calidad varonil”.

El traje de media gala consta de sombrero de fieltro o pelo, ligeramente adornado; chaqueta de gamuza o tela con botones de plata “o discretamente adornada de alguna otra manera; pantalón liso con tres mancuernas de plata a ambos lados; y en la parte su­perior cachirulado o con adornos de gamuza”. La corbata debe ajustarse a las mismas normas que se dieron para el traje de faena.

El traje de gala lleva sombrero de fieltro fino, con galones o bordado en pita, plata u oro, o de ambos metales; chaqueta de gamuza o casimir, con botones de plata al frente y tres mancuer­nas del mismo metal en cada manga, haciendo juego con la botona­dura del pantalón y chapetos del sombrero. Pantalón de gamuza o casimir, con botonadura haciendo juego con la chaqueta. La corbata en forma de mariposa (moño colgante) y en los mismos co­lores y con las mismas restricciones apuntadas para el traje de faena.

Por último, el traje de gran gala, para el que se establece som­brero de fieltro fino, con bordados o finos galones en oro y plata; chapetas lujosas haciendo juego con la botonadura y herraje; cha­queta de gamuza o casimir con tres y hasta seis mancuernas en las mangas; pantalones de gamuza o casimir con lujosa botonadura, haciendo juego con la chaqueta, chapetas y herrajes. Corbata de mariposa en colores serios. La silla con vaquerillas solamente y con cabezadas, haciendo juego; todo ricamente bordado en pita o hilos de oro y plata; fuste plateado, haciendo juego con el herraje de plata, freno, espuelas, puño de machete y cachas de pistola con dragona; cinturón bordado con funda también bordada de acuer­do al adorno del equipo.

Hay, además, una determinación categórica con respecto al “revólver” que indefectiblemente porta el charro y que deberá ser de acuerdo con la categoría de la ropa y de la montura que use.

Ya están las disposiciones referentes al traje, pero todavía no tenemos al charro mismo, pues parecería que tantas bordaduras, arrequives y miriñaques, vendrían bien para “parar” un maniquí, pero están muy lejos todavía del temple y reciedumbre, del entre­namiento y la pericia que se requieren para las faenas que debe realizar el charro.

Aquí puede decirse con toda verdad, que “el hábito no hace al charro”.

Y sucede en esto que con ser la fiesta de la charrería la más tradicional de nuestra patria, no siempre llega el espectador a apreciar el significado y todo el valor que tienen las proezas que está viendo ejecutar. Y no conociendo en sus partes el desa­rrollo reglamentario de la fiesta, muchas veces pasa por alto aquellos lances de más mérito, y se aburre y se fastidia con la se­cuencia del festival en cada una de sus partes.

Cuando se conocen los pasos, el sentido y el mérito de cada una de las pruebas que se van practicando, entonces sí da al es­pectáculo su carácter casi ritual, entonces sí apreciará aquellos lances ligados de tal manera, y de tal manera tejidos, que uno mismo va siendo llevado al momento cumbre de la vida o del duelo con la muerte, en segundos de suspenso, de temeridad y de audacia.

Todo el desenvolvimiento de la faena, va dirigido a aquel instante supremo en que el mexicano se encara atrevidamente en aquella lucha que lo llenará de gloria o lo despeñará a la muerte.

Los pasos establecidos para una competencia charra, son los sigu ientes:

1.- Cala de caballo

2.- Piales en el lienzo

3.- Coleadores

4.- Jinetes

5.- Terna en el ruedo

6.- Lazadores de cabeza

7.- Pialadores en el ruedo

8.- Manganeadores de pie

9.- Manganeadores a caballo

10.- Paso de la muerte.

Cada capítulo de estos, tiene especificados hasta el detalle más minucioso los movimientos, la actitud del jinete o del laza­dor, la presencia y docilidad del caballo. Con esto, y valorando los aciertos y titubeos o errores del ejecutante, se recuentan los pun­tos buenos y las infracciones que suben o bajan la calificación in­dividual y de equipos que darán el triunfo a los ganadores.

No es posible entrar con detenimiento en la descripción de cada una de las suertes, por más que en ello tendríamos ocasión de despertar el interés y un mayor conocimiento a las faenas del charro.

Queremos insistir, sin embargo, en el simbolismo que tiene el espectáculo; en lo que significa para el charro su caballo, casi como una parte de sí mismo, como instrumento moldeable, como un bruto sometido y educado admirablemente para responder a la más leve insinuación, dispuesto a obedecer el más inadvertido deseo del jinete.

Y así el charro, a una con su caballo, va bordando movimien­tos de un ballet que tiene en su rudeza, instantes de limpia ter­sura; va tejiendo una red de sutiles significaciones en torno a una yegua bruta, a un potro salvaje, a los que ha de dominar. Un paso y otro paso; un lance y el siguiente, hasta que el charro quiere él solo medirse con la fuerza bruta y realizar la última suerte, verda­deramente a un paso, verdaderamente en el filo de la muerte.

En todo esto, no puede obrar por sí mismo el instinto natural de lucha y defensa, de ataque y protección personal. Antes de pre­sentarse en público, fue necesario que el charro se sometiera a un aprendizaje largo y arriesgado, a una serie de entrenamientos de sí mismo y de su caballo, para realizar cada capítulo con limpieza y conforme a los cánones establecidos para la competencia.

A vía de ilustración, traemos algunas de las normas estable­cidas para cada prueba.

Para la cala de caballo: “Desde el partidero, con el caballo sobre parado, y puesto en mano, se arrancará, azotándolo con energía para rayarlo frente al Jurado… Para la prueba anterior se tomará en cuenta la manera de meter las patas, así como la longitud de las huellas que se hayan marcado al rayarse la bestia”.

Para el capítulo que corresponde a los pialadores en el lienzo, se enumeran: “Piales remolineados hacia atrás (rompechaqueta) pasando el animal del corral al ruedo, por el contralienzo. O los piales de piqueta, hacia adelante, pasando el animal del corral al ruedo por el lienzo”.

En la parte de los coleadores se señala la obligación de co­rrer al toro que le sea despachado a cada uno, perdiendo su turno el que no lo hiciere, pues existe dentro de la charrería como nor­ma o principio clásico el de que “toro salido es toro jugado”.

Para este mismo ejercicio, se tiene determinado que las fae­nas extraordinarias y adornos complementarios en la suerte de colear, tales como “a la Lola”, con el caballo sin freno, coleado­res “arrancados”, etc., se considerarán fuera de concurso normal, pero que podrá concertarse una competencia especial en esta clase de faenas.

En lo que respeta al lance de jinetear una bestia salvaje o un toro bruto, se previene que “siendo la finalidad de la suerte per­manecer en el lomo del animal hasta que éste haya dejado de re­parar, el jinete que aproveche la proximidad de la barrera, o se apoye o detenga, o utilice al apearse cualquiera otra circunstan­cia, se le calificará como si hubiera sido derribado”.

También se advierte que “el cuartear o sombrerear el animal, correrle las piernas, espuelearle las espaldillas, sujetarse con una sola mano, etc., se considerarán como adornos complementarios de la fiesta, y se concederá una puntuación de acuerdo con el mé­rito que corresponda a su ejecución”.

Sigue la terna en el ruedo con la especificación de las diver­sas formas de lazar; vienen los pialadores con los consiguientes es­tilos de piales; luego los manganeadores a pie que realizan uno de los capítulos más llamativos y elegantes de la fiesta, por medio del floreo de la reata con combinaciones y juegos que correspon­den al estilo personal del lazador.

Después de esto los manganeadotes a caballo, donde entra, con la destreza del charro, la fuerza y educación del caballo.

Así viene a llegarse hasta el Paso de la Muerte, que consiste en cambiarse de un caballo manso a una yegua bruta, sobre la ca­rrera desbocada de ambos.

Los pasos anteriores están dirigidos a este momento. Se di­ría que con ellos se ha avivado la bravura del charro. La lucha de­sesperada con los animales montaraces que ha querido someter en el puño de la mano; el enardecido empeño, en rodear, perse­guir, contener con su fuerza, la fuerza poderosa del bruto, lo ha sacado de quicio…

Estimulado en sus instintos de dominio, no le contenta ha­ber tendido un pial con el que hizo dar de lleno sobre la tierra a aquella res; no le satisface haber sujetado, en el vibrar tenso de la soga, a aquel mismo animal, después que había hecho florecer al sol de mediodía en primores de movimiento, el juego de su reata.

Quiere más. Ahora está resuelto a llegar por su propio pie, con sus únicas fuerzas a medirse con el bruto para decidir quién puede más.

Dice el Reglamento que para la Pasada de la Muerte, el ji­nete será auxiliado por tres compañeros designados por él mismo, los cuales arrearán y cuidarán de juntar y cerrar las bestias para el paso mortal. Se quiere que quienes ayudan al temerario jugador de este último lance, sean personas designadas por él mismo, ca­balmente por lo delicada y llena de riesgos que es la suerte y por­que se supone que entre los que participan se han anticipado un pleno entendimiento.

Aquí señalan las reglas 25 puntos buenos si se realiza el lance saliendo la yegua del cajón y hasta un cuarto de vuelta del ruedo como límite. Y luego van disminuyendo los puntos según tarde más o prepare el momento en que, al vuelo de la carrera, tendiéndose sobre el aire, va el jinete a caer sobre la yegua.

Hay en esta decisiva prueba un momento de intensidad. Se contiene la respiración. El público paraliza el aliento.

Allá va un hombre dispuesto a conquistar el aplauso. Va tam­bién un animal bruto, bufando desesperado y resoplando en es­pumarajos de rabia. Van a emparejarse uno a otro. El hombre quiere humillar al bruto. El bruto trata de escaparse en relámpago de furia por la salida del lienzo.

Ya van persiguiéndose. El jinete calcula el momento, planea el salto, estudia con velocidad de pensamiento la caída sobre los lomos temblorosos de la bestia …

Y en pleno vuelo, como dicen que se desplaza la abeja reina a ser fecundada en la soledad del viento, las nubes y el sol… así, ahora, en el vértigo de la carrera, en la escapada febril, en la rapidez del vuelo alado de la yegua bruta, se da inesperadamente el choque; el irracional es sometido por la destreza y arrojo del jinete…

Pero la fiesta de la charrería no es para describirse. Es, como todas las manifestaciones del alma mexicana, más para gustarse, para vivirse, para palpitar de su color y de su fuego. Nunca unas letras sobre el papel, podrán hacer sentir la emoción de un espectáculo de estos.

Que la fiesta de la charrería no decaiga, que no se pierda esta tradición entrañable de nuestro pueblo en el barullo ensordecedor de la vida moderna. Lo están pidiendo así los mexicanos de cora­zón, los que todavía tienen para su caballo un lugar de preferencia en la línea de sus aficiones y de sus gustos.

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