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Los Merolicos

Estaba Sancho Panza dolido amargamente del estado en que a su. señor dejaron los mozos de los, frailes, con quienes sostuvo. resuelta lucha, allá cuando comenzaba el “ejercIcIo de las andantes armas” y se entregaba a la noble tarea de “desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas de aquellas que an­daban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cues­tas, de monte en monte y de valle en valle… ”

Dolido en el alma se hallaba el escudero de ver a don Quijote después de la rigurosa pendencia, tan maltrecho y aporreado, y con aquel hilo de sangre que le brotaba de la oreja, y se le perdía y revolvía entre las barbas sudorosas y descompuestas.

La sangre ponía escalofríos de compasión en el alma del buen Sancho. Hubiera querido contenerla. Se desesperaba de ver la sere­nidad de su amo; no era posible que aquel hilillo mortal siguiera escurriendo así.

Bien había aprendido en su pueblo que una herida en la ca­beza puede tener graves consecuencias, y por cierto que venía prevenido con vendajes y un cierto ungüento blanco que era teni­do por inmejorable en estos lances sangrientos que ya esperaba de seguro, conocida la temeraria misión para la que había sido contratado.

Don Quijote, apaleado de pies a cabeza, lastimado y sangran­te, no había dejado de sí, la dignidad y compostura que convenía a su alta representación. Así, tuvo ánimos para sonreírse de los apuros de su escudero y ni aun siquiera pudo disimular cierto dejo de burla para aquellos remedios vulgares que se le proponía.

Los caballeros andantes tienen un sitio por encima del común de los mortales; ellos no van a curarse con unturas corrientes de las que usa el vulgo; él sabía bien de un bálsamo prodigioso al que recurren en casos de urgencia los hombres dados a la caballería.

Lástima que en lo apartado de aquel lugar no pudieran ha­cerse de las substancias con que se preparaba aquello, que si las hubiera, una sola gota bastaría para sanar en un tris tras todas las dolencias, y para detener aquella hemorragia, y para dejar fresco y rozagante al valiente caballero.

Sancho tuvo que volver a la alforja las vendas y el ungüento, pero no pudo guardar su asombro. Qué podía ser aquel remedio tan eficaz. Si pudiera siquiera conocer la fórmula.

Pero no, los caballeros tienen sus secretos. Don Quijote no quiere por ahora hacer revelaciones; le basta con insistir en que se sabe muy bien, en que guarda en la memoria los ingredientes de aquel menjurje maravilloso, del cual todavía quiere recalcar sus excelencias, poniendo más asombrado a Sancho y más haciéndole enarcar las cejas a medida que va enumerando sus aplicaciones milagrosas.

— “Es un bálsamo del cual tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna. Y así, cuando yo lo haga y te lo dé, no tie­nes más que hacer sino que cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajalla igualmente justo. Luego me darás a beber sólo dos tragos del bálsamo que he dicho y verásme quedar más sano que una manzana”.

No lo hubiera oído Sancho, porque de ahí, vino a rogar de muchos modos a su señor, lo pusiera al tanto de ese pasmoso bál­samo, que con ello se daba por mejor pagado, que renunciaba al gobierno de aquella ínsula que le tenía prometida en pago de sus muchos y valiosos servicios; nada quería ni le interesaba ahora más que esa fórmula secreta con la cual calculaba que podía pasar­se la vida tan descansadamente, sin otro cuidado que el de tener por ahí una redoma bien bordeada, de aquél que su amo nom­braba como el maravilloso bálsamo de Fierabrás.

El escudero se rascaba pensativamente la cabeza alborotán­dose más la descompuesta pelambre, sonreía ilusionadamente­ para sus adentros, y volvía una y otra vez a acosar a don Quijote: ya no tenían necesidad de trabajos ni de tan aventurados riesgos, ahí tenían una fuente segura para enriquecerse…

Y pensándolo y diciéndolo se puso a sacar cuentas del costo de los ingredientes que componían aquella milagrosa pócima. Que “con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres”, le había aclarado don Quijote, y Sancho contaba en los dedos y se enredaba en numeraciones que apenas conocía, haciendo tan­teos de la riqueza que tenía a su alcance.

Porque si como lo había afirmado su amo, tan prodigiosas virtudes había en aquella compostura de un poco de romero, acei­te, sal y vino, qué esperaban más, y cómo no iban ya por villas y poblados ofreciendo la extraordinaria mezcla.

Acaso no tuviera el escudero la habilidad y el tino para co­locar bonitamente las partes destrozadas de los cuerpos caídos en pelea; él conocía su tosquedad y su rudeza y temía que al principio pudiera mal ajustar un brazo en el sitio de una pierna o cosas por el estilo; todo era cuestión de tomar práctica, y la tomaría, que ya se sabe que echando a perder se enseña uno.

De todo aquello, iba Sancho impaciente, desesperado, hacién­dose un nudo de cruces en la mollera y preguntándose cómo podía ser que su señor viera todo esto con tal indiferencia y despreciara tan increíble posibilidad de riqueza, y esto nada más por seguir aquel camino de aventuras, ciego en aquel su afán de ir por el mun­do, desfaciendo agravios, socorriendo viudas y amparando don­cellas…

Nosotros ya lo sabemos: don Quijote anda todavía por estos mundos de Dios, enhebrando sueños imposibles, acometiendo empresas descabelladas, inquietando las gentes o haciéndolas son­reír con los desplantes de su errante nostalgia.

Pero también andan por aquí muchos descendientes de San­cho que no piensan sino en aquellas cosas de las que pueden tener un provecho inmediato, y se acarician el vientre satisfecho, y no quieren ni buscan sino la hartazón de ahora, pues tienen por muy cierto aquello que se ha dicho, que a barriga llena, corazón con­tento.

Estos descendientes del famoso escudero,vinieron a descu­brir, quién sabe cómo, el formulario del célebre bálsamo de Fierabrás; y éstos sí, ajenos a toda preocupación, han hallado un buen modo de ganarse la vida.

Saben discurrir como Sancho y tienen en la ponderación de sus pócimas y bebistrajos o polvos, una astucia y un arte de con­vencimiento que han ido refinando cada día mejor.

Ya hasta disponen de aparatos para amplificar a los cuatro vientos su discurso y se valen de suertes, de malabarismos, de juegos de prestidigitación para atraer a la gente sencilla, y luego ya, en el centro de aquel círculo de expresiones de asombro, sueltan el malabarismo de su lengua, y atrapan y enredan en su dialéctica a los que tuvieron la debilidad de quedarse.

Allí está Sancho personificado de cabeza a pies: éstos tam­bién rechonchos, risueños, ingeniosos; también éstos desbordando simpatía y buen humor.

De tal modo se han compenetrado de su papel y viven en tal sinceridad y tan a conciencia esta profesión, que saben y pueden dar a las modulaciones de su voz, ya el tono de estupor, o el de compasión, o el de ternura, de asombro o de amenaza.

De todo aquello vienen a concluir en las excelencias de un nuevo bálsamo de Fierabrás que lo cura todo y con el que sería posible, como en las palabras de don Quijote, hasta unir la parte de cuerpo que hubiere caído en el suelo y pegándola “bonitamente, con mucha sotileza” a aquélla que quedó en la silla, dejar todo arreglado con tres gotas del milagroso medicamento.

La gente ha dado en llamar a estos hombres con el despectivo nombre de “merolicos”, una palabra que ha entrado ya en nuestro diccionario para hacer mención de aquéllos que hablan y hablan sin decir nada.

La aplicación no corresponde por cierto a los auténticos merolicos, porque si éstos hablan y hablan, es posible que no digan nada en su lugar, pero en cambio, aquí si, “muy efectiva­mente” pueden volver a sus casas con los bolsillos repletos.

Merolicos o Sanchos, el mundo está lleno de vendedores de falsedad, de engañadores habilísimos que medran con la sencillez y buena fe del pueblo. Los hay vestidos de casimir inglés, con poses y ademanes relamidos; y los hay de pantalón de mezclilla, barba crecida y burdo huarache, muy diestros en la presentación de su discurso.

Merolicos o Sanchos, en el mundo, y muy pocos Quijotes ya, que sepan imponer la ilógica razón de un ideal más alto, más gene­roso, más desinteresado.

Nos íbamos yendo por otros caminos y fue necesario volver las líneas por el discurso que está pronunciando un señor, moreno él y de impecable traje, frente a una turba de admirados hombres y mujeres que lo escuchan atentamente en las afueras de un mer­cado de barrio.

Tiene frente a sí este elegante y perfumado Sancho, sobre un piso de periódicos, un tendido de cartas, según eso de aproba­ción y gratitud por los resultados satisfactorios alcanzados por medio de aquel medicamento.

Entre las cartas, supo colocar una serie de gráficas y figuras impresionantes. Se trata con seguridad de una colección de láminas arrancadas de algún tratado de anatomía. En ellas se presentan dedos retorcidos, pulmones deshechos en sanguinolenta repug­nancia, hígados y otras partes del cuerpo en dramática exhibi­ción de trastornos, de anormalidades, de enfermedad, de muerte.

Sobre todo aquello, las palabras graves, llenas de aplomo y de seguridad con que nuestro trajeado amigo va describiendo terro­ríficas particularidades de la cirrosis hepática y de sus síntomas más increíbles.

“Una persona viene sufriendo de los nervios, siente malestar en todo el cuerpo, despierta inquieta, con un sabor de cobre en la boca, los ojos amarillos, turbada la palabra … ” Así por el esti­lo y combinando astutamente los desarreglos nerviosos, la úlcera gástrica, los padecimientos del hígado, acaba por asegurar que aquel compuesto de catorce plantas medicinales que ofrece al pú­blico, son una panacea maravillosa, algo de lo que Sancho Panza con su bálsamo de Fierabrás y todo, habría sentido envidia.

Menciona algunas de estas plantas, como la flor de tila, la damiana, la pasiflora y otras más hasta ajustar las catorce que, afirma con mucha solemnidad, están aconsejadas por los libros de medicina más famosos del mundo.

y no se queda ahí, sino ofrece generosamente una prueba de esta prodigiosa combinación e invita a las personas enseñen la palma de su mano para ponerles un puñito de aquellas hierbas.

Una viejecita se conmueve. Acaso acaba de oír enumeradas ahí cada una de sus dolencias; está asombrada de lo que aquel hombre está diciendo y quiere que le precise las indicaciones: cómo debe tomarse aquella medicina, tal vez sea necesario un ré­gimen alimenticio determinado; quiere saber todo, quiere que le explique más.

Las súplicas de aquella señora no podían ser más oportunas ni más favorables al merolico que empieza a enumerar desde ahí las comidas que deben evitarse mientras se está en tratamiento. No debe comerse ni chile, ni café, ni carne de puerco. Eso espe­cialmente, que en cuanto a la forma de tomar aquel compuesto no hay mayor complicación: se le puede tomar crudo o en cocimien­to antes de los alimentos…

y esto otro que es lo más importante: está ofreciendo en esta ocasión, tres paquetes de esto que se llama pomposamente Te de la Salud, por sólo cinco pesos… No, no se equivocó: sostiene su palabra, “por esta vez, tres paquetes del Te de la Salud, por un billetito de cinco pesos nada más”.

Caminamos otra mañana por aquel baratillo inmenso que se instala todos los domingos en la parte oriente del Sector Libertad, y encontramos varios de estos curiosos y sagaces tipos:

Uno de ellos, utilizando un gangoso y ríspido magnavoz para hacerse oír a distancia de cuatro o seis manzanas …

“Para el dolor de cabeza, de cerebro, de espalda; para esas personas agotadas, cansadas que diario andan de mal humor…

Para las criaturas que están en el desarrollo… Son para el pulmón, para el cerebro, las coyunturas de los huesos. Para el desgüanzo del cuerpo, la vista llorosa, empañada, agotada… Para la mujer que está criando y no tiene alimento para su hijo… Las personas que a diario sufren jaquecas, punzadas de cabeza… Los niños descoloridos, flacos, con la cara llena de jiotes; para toda persona físicamente agotada y cansada… ”

Seguramente que Sancho no lo habría podido decir mejor. Aun con el convencimiento de los prodigios sobrenaturales de aquel bálsamo de Fierabrás, se hubiera declarado vencido ante el medicamento de este señor que propone, por cinco pesos única­mente, “40 perlas de hígado de tiburón normalizado” (Sic).

Así repitió hasta el cansancio las excelencias de aquellas perlas de hígado de tiburón normalizado. Y claro, la palabrita ésta: normalizado, desconcertaba al público; debería tratar de algo muy bueno, debería referirse a una clase de tiburones cuyo aceite tenía en verdad cualidades extraordinarias.

Nosotros nos acordamos de aquella mujer que vendía “flo­res con clorofila” y con ello, aduciendo una propiedad físico-quí­mica de los vegetales, llamaba la atención y lograba despachar en un momento su mercancía.

Así en el caso: tal vez este hombre no tenía intención de mentir, acaso estaba queriendo decir que vendía hígado de tiburón normal, ordinario, pero rebuscó el adjetivo de modo de llamar la atención de sus compradores.

El chiste no es vivir, sino saber vivir. Este refrán no es de Sancho, pero pudo haberlo dicho muy bien tanto él como sus des­cendientes en esta ciudad de Guadalajara.

También el hombre del carrito y del magnavoz agregaba a su medicamento las indicaciones necesarias: se deben tomar dos perlas por la mañana, dos al mediodía y dos en la tarde. Los niños media dosis, pero asegurando que en ello “tendrían el mismo alimento de un blanquillo en cada vez”.

“Mucha gente ya las conoce, ya sabe lo que lleva, ya sabe con quién las adquiere… Con mucho gusto, señor, aquí tiene dos cajas con 40 perlas de hígado de tiburón normalizado, por cinco pesos únicamente… y tenga su receta para que las siga comprando… Para el dolor de cabeza, de espalda … Son para el pulmón, el cerebro, las coyunturas… ”

y así interminablemente, en una monotonía fastidiosa, pero también con una resistencia admirable que podía ser sin duda el mejor testimonio en favor de aquellas perlas que aquel señor de­be tomar en cantidad doble… Son para el pulmón, para el cere­bro, para la garganta, para la lengua que habla y habla y no se cansa…

Otro día, por una de esas calles de nuestra ciudad, natural­mente en una zona proletaria, otro automóvil de modelo muy atrasado, con dos potentes bocinas sobre el cofre, y la misma le­tanía, la misma larga y enfadosa repetición …

“Ah, Dios no lo quiera: cuando a la media noche le pega un dolor de muelas. No duerme usted ni deja dormir a los demás. Si ese dolor le pega en el día, no puede trabajar, no puede comer, no puede divertirse… Aquí está el remedio para esos terribles dolores, para esas punzadas que son como un alambre caliente hundido en la quijada: Dentinol de Jesús… dos pesitos nada más. No es una venta, es una propaganda; con dos pesos nadie se queda pobre”.

Esta es una esquina estratégica. Por esta calle pasa mucha gente. Y es también la hora más adecuada, cuando van y vienen las señoras a comprar el mandado del día.

Parece que nadie se detiene, que nadie toma en cuenta las argumentaciones de aquel hombre, y sin embargo, en el espacio de tiempo en que nosotros escuchamos esto, ya se han vendido tres, cuatro, frascos de Dentinol de Jesús… Claro, con dos pesos nadie se queda pobre. Pero con los dos pesos de muchas sencillas e ingenuas mujeres, sí puede hacerse rico aquel hombre.

“No sea como muchas personas que en lugar de lucir en la boca una hilera de perlas, andan enseñando un puño de huesos que no sirve para nada. Dentinol de Jesús asea, limpia y perfuma. Dentinol de Jesús quita el mal olor de la boca… Se frota, se unta con la punta de un pañuelo… No quema, no arde, en un minuto calma el dolor… Dientes podridos, postemillas, dolor de mue­las … Ah, Dios no quiera, cuando a la media noche le pega un dolor de muelas… ”

Contrariado en extremo quedó Sancho con la actitud de don Quijote, y Cervantes sigue refiriendo la aventura de los cabreros, la historia de Marcela, el incidente de los desalmados yagüenses, pero ni una palabra acerca del bálsamo de Fierabrás que tan in­quieto había dejado a Sancho Panza. No se habla de la fórmula ni se deja alusión a los efectos sor­prendentes de la mezcla y Sancho no tiene más remedio que echar al olvido aquellos sueños de riqueza, aquella vida en la abundancia y en la prosperidad que se había prometido cuando pudiera irse por villas y poblados vendiendo a gotas el maravilloso menjurje.

En esto viene a referirse la aventura en la venta, cuando el arriero que ahí se hospeda vio burlados sus afanes amorosos y se puso a dar golpes ciegos y desesperados ya contra don Quijote, ya también contra el adormilado Sancho.

Vino el ventero y sin más razonamientos, la emprendió con enfurecida saña, a garrotazos, puntapiés y golpes desconsiderados contra el uno y el otro, Forzando así la venganza del arriero.

Desmorecido y maltrecho quedó don Quijote en no menor grado que su escudero. Aquél con las quijadas bañadas en sangre: molido y aporreado por el golpe de las estacas del otro.

Tan grave y lastimoso era el estado de ambos, que aquí vol­vió a acordarse don Quijote del bálsamo de Fierabrás y pidió por caridad al ventero les proporcionara la cantidad adecuada de ro­mero, aceite, sal y vino “que es menester para curar a uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra”.

Proveído de aquellos elementos, “hizo un compuesto, mez­clándolos todos y cociéndolos un buen espacio hasta que le pare­ció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de ochocientos pater-nostres y otras tantas ave-marías, salves y credos y a cada palabra acompañaba una cruz a modo de bendición”.

Lo tomó don Quijote y luego de un sudor copiosísimo y de tres horas de profundo sueño “despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se tuvo verdaderamente por sano y creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás… ”

No quiso ser menos el escudero y obtenida autorización de su amo, cogió la alcuza “tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos”, acerca del trágico efecto que hizo en Sancho el bebistrajo, “y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora … y viéndose tan afligido y congojado maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado”.

Un dato muy importante conviene a nuestro propósito. To­das estas peripecias son narradas por Cervantes en los primeros veinte capítulos y ya en el resto que alcanza a setenta y cuatro, no vuelve Sancho a acordarse del bálsamo de Fierabrás.

Aquel entusiasmo, aquel empeñoso afán por conocer y co­merciar de lo lindo con las excelencias del misterioso bálsamo; aquellas cuentas alegres que se había hecho, imaginándose una vida fácil y llena de comodidades sirviéndose de los prodigios de aquel aceite, se le olvidaron para siempre, cuando experimentó en carne propia los desagradables efectos.

No vuelve a mencionarse en toda la obra y ni en las más dolo­rosas y sangrientas aventuras, este famoso bálsamo de Fierabrás.

Lo hemos recordado para decir si no sería conveniente que estos modernos descendientes de Sancho, estos locuaces y empala­gosos merolicos que andan por acá pregonando excelencias increí­bles, para un Dentinol de Jesús, para unas Perlas de Tiburón Nor­malizado, o para un prodigioso Te de la Salud…no sería conve­niente, repetimos, que probaran y se dieran a sí una sopa de su propio chocolate …

Llegaría a suceder acaso que, como en el Ingenioso Hidalgo se refiere, y como aconteció a Sancho, se olvidaran para siempre de las increíbles virtudes y sobrenatural efecto de los polvos, un­turas y bebedizos que con tanta galanura de palabras andan pre­dicando.

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