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Loza de Vargas

Llegaba la Nao de China cargada de primores; sedas y brocados que llenaban de admiración a las gentes de aquel siglo.

Por el oleaje revuelto del mar y acechada por piratas y por tempestades, avanzaba aquella nave desplegando sus velas con risueña confianza.

Por días y meses enteros jugaban el mar y la nave, hasta que cansados los dos venían a aquietarse tranquilamente a nuestras playas.

Y una muchedumbre venida de todas partes veía y no se can­saba de ver las porcelanas y marfiles, los perfumes y maderas preciosas …

Aquellos tiempos…. La ilusión, el anhelo, la ansiedad y el gozo por los regalos que ofrendaba China en su legendaria Nao.

La emoción de nuestros mayores al contemplar con insacia­do deleite los objetos que imaginaban venidos de otro mundo, de un mundo misterioso donde el color y la gracia se hermanaban

El olor de las maderas y el dibujo de aquellos relieves que pa­recían referirse a historias y personajes de nuestra mitología an­cestral. La suavidad de las sedas acariciadas morosamente con la yema de los dedos, parecían tener la suavidad tibia de la carne indígena.

Se estableció un puente que salvó la distancia: la sensibilidad oriental se transfundía en la sensibilidad de nuestro pueblo. Las manifestaciones artísticas nacidas espontáneamente en el alma popular, tendrían mucho de aquel color, de aquella gracia, de aquel sentimiento.

Entre las diversas formas de expresión estética, fue sin duda alguna la fabricación de loza de barro la que mejor plasmó el men­saje del arte oriental.

Así dicen que en Sayula hubo desde los siglos XVII y XVIII un gusto y una dedicación por modelar el barro, dándole formas y color que revelaban la influencia de Oriente.

Un antecedente que viene a confirmarse a mediados del siglo XIX, cuando una veta de barro descubierta por el rumbo de un rancho llamado Agua Zarca y un artesano de nombre Epigmenio Vargas, dieron base para la fabricación de un cierto tipo de loza que habría de dar celebridad a Sayula.

La loza de Epigmenio Vargas tiene características inconfun­dibles, así el vidriado que logra en sus vasijas y la singularidad con que el mismo vidriado se estrella en el fondo, en una forma que se diría intencionalmente provocada.

Rasgo suyo muy peculiar es también el bordo de color pues­to en la pieza, preferentemente en azul, detalle que viene como a dar culminación al elemento ornamental, guías, rosas, colores, gre­cas, que el Maestro pintaba por su mano en cada pieza.

Don Federico Munguía Cárdenas, en la recopilación de he­chos y nombres célebres de La Provincia de Ávalos, dice que la loza de Vargas seguía el modo de la mayólica poblana, originada ésta en la loza de talavera traída por los españoles y modificada en nuestro país por la influencia asiática, cuando en el siglo XVI  un artesano de apellido Quintero la llevó a su más alto esplendor.

La cerámica de Vargas sin embargo, llega a distinguirse de la poblana por el color amarillo de su barro, por su esmalte más grue­so y su acabado menos perfecto. Con todo, superior por la origi­nalidad de sus dibujos a veces en la sobriedad de un solo color que cubre casi siempre toda la superficie de la pieza.

Por muchos años después de la muerte de Vargas y cuando dejó de funcionar el pequeño taller donde elaboraba sus cacharros nadie supo más, ni pareció interesarse ni apreciar en nada la singu­laridad de esta loza, hasta que por los años cuarenta de esta cen­turia, una antropóloga norteamericana conocida familiarmente como Miss Kelly, vino a hacer de todo esto un verdadero descu­brimiento.

Anduvo la Miss Kelly por varias poblaciones de México y del Estado de Jalisco en estudio de tradiciones y artesanías, así vino a llegar, nadie sabe cómo, a Sayula, donde se sorprendió de la ri­queza imaginativa, de los elementos decorativos, del vidriado, de la originalidad de la forma en los trastos ordinarios que pudo ver en muchas cocinas y comedores de la población.

-Acuciosa e inteligente, la Miss Kelly se puso a hacer indaga­ciones, destacó los méritos singulares de esta loza y sin más ni más, fue a hurgar todos los rincones de Sayula, casa por casa, hasta que reunió la totalidad o casi la totalidad de la cerámica que dejó aquí el taller de Epigmenio Vargas.

Esta primera enorme colección de Miss Kelly estuvo dispues­ta en una casona de la época, en San Pedro Tlaquepaque y de ahí llevada posiblemente a la ciudad de México o acaso a los Estados Unidos.

Como fuere, la Miss Kelly estudió, clasificó, señaló méritos y formuló un catálogo completo de la producción de Vargas que ha servido ahora a quienes han podido reunir alguna de estas piezas que quedaron en casas particulares y en conventos de Jalisco.

El Museo del Estado en su reciente remodelación y en las salas que dedica a Etnografía, muestra algunas piezas muy intere­santes que fueron adquiridas de la Colección Ramírez López. Son piezas que no ha logrado ninguna otra colección, muchas con inscripción de la familia para la cual se hicieron. Así pueden leerse en la característica grafía de Vargas, los nombres de Carme­lita Castillo Negrete de Vázquez, los de S. D. Felipe Peñalosa, Filomena Michel o bien, signaciones para el Convento de Capuchi­nas de Lagos, o para el Convento de Santa Teresa en Guadalajara.

No sólo loza fabricaba Epigmenio Vargas. De los cacharros pasó luego a la fabricación de ladrillos en dibujo y colores muy de­corativos, que pueden verse todavía en algunas casas de Sayula, en cocinas de conventos, en pilas o fuentes de algunas viviendas principales de esta misma Guadalajara.

Supo él, en un secreto que se llevó a la tumba y que mara­villó a sus contemporáneos, combinar todos los colores, definir en dibujos de guías, de rasgos geométricos, de flores, de las más ca­prichosas formas, ladrillos muy estimados ya en su época.

Fue famoso el Camarín de la Virgen en el poblado de Santa Anita, decorado hermosamente con ladrillos de Vargas. Un buen día desaparecieron éstos y hoy sirven de adorno a la biblioteca de la hermosa mansión que un poiítico destacado regaló hace al­gunos años a la Universidad de Guadalajara.

Fue también reconocido como una de las obras más perfec­tas de Vargas, el Viacrucis en que dibujó por su propia mano el texto y oraciones que corresponden a cada momento de la Pasión de Cristo, y que fue colocado en las antiguas ornacinas que ro­deaban el atrio-cementerio del Convento de Sayula.

El año de 1921, un señor D. Gonzalo Pérez Castro, Jefe por más señas de la Oficina de Hacienda de Sayula, ordenó que los la­drillos fueran arrancados de su sitio original para transplantarlos al muro alto que circunda la planta superior del Museo del Estado. AIIí estuvieron desde entonces y es probable que todavía estén en esa postergación si no es que se determinó algún cambio a sitio mejor o peor, cuando fue remodelado el Museo hacia 1975.

Ahora quedan, en el antiguo convento de Sayula, los nichos vacíos, apenas con el rastro del acomodo que tuvieron los ladrillos que conformaban el Víacrucis. El traslado de los cuadros en cues­tión no se hizo acreditando ni su procedencia, ni la fecha, ni la sig­nificación que tuvieron en su colocación de origen y ni tan siquiera el nombre de Epigmenio Vargas.

Una fama y un reconocimiento público que ciertamente no habría pedido para sí don Epigmenio siendo como fue un hombre modesto y enemigo de relumbrones publicitarios.

Don Federico Munguía Cárdenas se ha empeñado en reunir todos los datos biográficos posibles acerca de Vargas y se ha en­contrado en duros trances para obtener las noticias más generales de este singular artesano.

Supo que el taller de Vargas estuvo situado en la esquina frontera de la Cruz Verde, uno de los sitios de tradición más en­trañable de Sayula. Por cierto que en tiempos de este alfarero y llegando a suscitarse algún movimiento de personajes enviados de conventos, arrieros, peones y gentes principales alrededor de su taller, el nombre antiquísimo del sitio aquél llegó a modificarse por el de la Cruz de Vargas.

Al parecer y dada la demanda que llegó a tener la loza de Vargas, éste se vio obligado a utilizar el servicio de varios ayudan­tes y oficiales, pero ni con todo el propósito de cumplir siempre los compromisos de entrega, llegó a sacrificar la calidad y autenti­cidad de cada una de las piezas que elaboraba. Siempre se reservó para sí la parte delicada y artística de los trabajos que salían de su taller.

Se ha podido saber que Vargas vivió en condiciones económi­cas muy limitadas y que su carácter retraído y austero lo mante­nían al margen de la ruidosa sociedad y de los eventos, saraos o festejos a que era aficionada ya entonces la gente de Sayula.

Con todo eso, don Federico Munguía ha encontrado algunos documentos, programas o invitaciones de actos culturales y de relieve social, donde aparece el nombre de Epigmenio Vargas, entre los distinguidos invitados.

Celoso en extremo de las fórmulas que’ empleaba en sus pig­mentaciones, del vidriado que obtenía y de las demás caracterís­ticas de su loza, nunca reveló nada de esto y así, a su muerte, una lluviosa tarde del 7 de septiembre de 1904, se lIevó consigo el se­creto de su famosa cerámica. Tenía el morir don Epigmenio Vargas la edad de ochenta y cinco años.

Han pasado los años y ahora, los más prominentes vecinos de Sayula, reconocidos del prestigio y nombre que la loza de Vargas dio a esta población, están empeñados en revivir aquellas artesa­nías, sirviéndose de las condiciones especiales que ofrece el barro que existe aquí, semejante a aquel de Agua Zarca que empleó el genial artesano y utilizando recursos modernos de vidriado y co­cimiento mucho más perfecto.

Tendrá que ser una labor paciente y de mucha dedicación. Tendrá que despertarse en el ánimo de esos jóvenes el ensueño y la pasión artística, tendrá que alumbrarse su espíritu con las crea­ciones de los grandes genios, no importa que sean nombres desco­nocidos, como los de aquellos lejanos artistas orientales que fabricaban porcelanas y sedas, tallas y figuras que luego venían a emo­cionar tan profundamente a los habitantes de estas tierras, cuando la Nao de China llegaba a vaciar a nuestras playas los primores que habían traído desde allá.

Un ensueño, y una ilusión, un emocionado deliquio espiritual, y volveremos a tener artesanos y alfareros que, como Epigmenio Vargas, sepan hacer de un puñado de barro una pieza para estre­mecer de gozo estético a otras almas, un puñado de barro más duradero que el bronce, un puñado de barro que hienda, tras-hien­da el tiempo.

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