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Piñatas

Mire usted, esta es una de las artesanías más jalis­cienses, y es una lástima que pocas personas se hayan fijado en lo que esto representa y no se­pan que tenemos aquí una de las manifestacio­nes más características del arte popular.

Estamos en un taller-comercio de piñatas. Hemos pasado la puerta flanqueada por la sonrisa ancha de una negrita y por el ademán de un payaso de lucido traje de papel crepé que nos tien­de las dos manos con rigidez ceremoniosa. Con ellos, una patita donaId, un pescado enorme que nos guiña la redondez de un ojo negro, dos esplendorosas tajadas de sandía…

Aquí sí fue necesario en verdad, pedir permiso y guardar to­dos los miramientos antes de trasponer tan custodiada puerta. Ya adentro, fue preciso inclinarnos de un lado para otro, y volver la cabeza aquí y allá… porque del techo, por una infinidad de cuer­das, se hallan suspendidas mil figuras, unas concluidas, otras a medio terminar. Y había que guardar las consideraciones debidas hacia a aquellos seres que empiezan a vivir, o si se quiere, las con­sideraciones venían hacia nosotros mismos, por el riesgo de un so­noro encuentro de cabeza con alguno de aquellos cántaros.

— A ver, tú muchacha, desocupa ese banco… No señor, ahí no, puede haber engrudo en esa tabla, deje siquiera ponerle un periódico para que se siente.

Y por ese punto, toda cortesía y atenciones, ha comenzado la señora que regentea este negocio a darnos interesantes datos y a contentar todas nuestras curiosidades.

Por principio de cuentas ha querido afirmar el carácter tí­pico de las piñatas, como una de las artesanías más propias y más peculiares de nuestro Estado. De nada ha servido que nosotros le hagamos ver que la piñata es probablemente de origen árabe y que tuvo mucho auge aquí, en tiempos de la colonia, cuando en tiem­po de Posadas llegaron a adornarse con éstas los mismos altares de las iglesias.

Ella nos dice que no sabe nada de esto, ni ha tenido preocu­pación alguna por averiguar cuestiones de tradición o de historia acerca de las piñatas. Que si el nombre tiene algo que ver con una antiquísima danza italiana acostumbrada el primer domingo de Cuaresma y dentro de la cual, entre bastonazos y zancadas, era rota la “pignatta”. O que si hemos de pensar que se trata sólo de una desfiguración popular de la palabra piña, por la forma que se les ha dado… Todo eso y muchas cosas más la tienen sin cuidado.

Esta señora piensa únicamente en su punto de vista y vuelve a insistir en el carácter jalisciense de la piñata. Así lo dice, a pesar de hacerle recordar que a la fecha por todos los rumbos del país existe la costumbre de romper piñatas como especial atracción en fiestas de niños y desde luego en la celebración de Navidad.

— Mire, señor, digo que la piñata es más jalisciense que de ningún otro Estado o región de México, porque sólo en Jalisco se fabrican con cántaros, como que aquí está el centro de todas esas cuestiones de alfarería. Las piñatas que se hacen en otras partes, ni siquiera merecen el nombre: fíjese usted nomás que las forjan con armazón de carrizo, o con cuerpo de cartón grueso, todo eso en lugar del cántaro colorado que usamos nosotros. Y usted ha de saberlo: el chiste de la piñata, lo que les gusta a los niños es que suene a cada golpe; ahí está lo bonito de la fiesta… Ya verá usted lo que puede ser una piñata hecha con una caja de cartón adentro. Por eso digo que en ninguna otra parte, como en Jalisco, y que ésta es una de las artesanías típicas de nuestro Estado.

Por supuesto que la demanda que tienen los trabajos dé esta señora hasta de aquel lado de la frontera, no es nada más porque sí. Lo dice y asegura que no es por presumir ni nada de eso, pero que cuando comenzó a trabajar el ramo, apenas se conocían como figuras curiosas los rábanos, unos barquitos todos chuecos y ya por ahí empezaban a salir sandías con armazón de carrizo.

De entonces a la fecha y gracias a la habilidad y a la imagi­nación de ella y de sus hijos, cuenta con más de cien estilos dife­rentes de piñatas, tomados unas veces de figuras materiales, otras de personajes de cuentos infantiles, ya en obras clásicas o de estas otras que aparecen al día y alcanzan mucha popularidad.

Sólo como botón de muestra, nos enumera entre otros mode­los de piñatas, los que hace en figura de pescado, jirafa, burro, elefante, gallina, perico, molino de viento, perro, payaso, pa­tita donald, oso, sandía, conejo … Pero nos advierte que éstos son únicamente los modelos más comerciales, y que en estos de animales, se hacen siempre por parejas, es decir: conejo y coneja, gallina y gallo, y así por el estilo.

No podemos dudar nada de cuanto esta mujer nos dice. Es­tamos rodeados de un mundo fantástico de animales: por el suelo, por las paredes, suspendidos en el viento, rodeados por todos lados; aquí unos cántaros desnudos todavía, allá otros, con las extremidades configuradas ya en unos carrujos de periódico pe­gados en el sitio más conveniente; más allá, la base, también de periódico, donde se conformará la cabeza de una gallina.

La señora y sus hijas aman sus figuras. Nos hacen observar de­talles sobre el proceso de fabricación; quieren que tomemos nota de la forma en que pican el papel de china antes de colocarlo o en que disponen el papel crepé en tales y cuales figuras o el modo de sobreponer los adornos de papel estaño o metálico en las piñatas que deben lIevarlo.

Ven su trabajo y sonríen llenas de satisfacción. Se diría que aquella mujer moldea en cada nueva figura un ser vivo, o que aque­llas muchachas se extasían en su trabajo a través del cual dan ex­presión a un sueño maternal que llevan dentro de ellas mismas.

Parece que cada piñata tuviera un nombre distinto, que re­presentara un cariño diferente, que debiera hablar cada una su lenguaje propio, como seres nacidos en el calor y el amor de un pecho amorosamente femenino…

Ya teníamos para entonces una información completa acerca del proceso que se sigue en cada caso; ya teníamos en la mente los más insignificantes detalles. Pensábamos que esto de las piñatas no requiere sino de un poco de habilidad y paciencia. Creímos que después de nuestra observación, nada se nos dificultaría, sería sencillísimo si lo quisiéramos, hacer toda clase de piñatas…

La señora nos ha adivinado el pensamiento, y sonriéndose siempre y sin dejar de trabajar en el revestimiento de colores de aquella estrella de elegantes picos, nos refiere lo que a este respec­to le hemos hecho recordar:

— Yo doy todo esto muy barato; de veras, no crea que se lo digo por hablar; si supiera cuánto pedimos por aquel molinito de viento cuyas aspas están hechas para girar vivamente cuando se cuelga la piñata… Le digo que si supiera cuánto pedimos por una de éstas o por cualquiera de las que ve, no me creería… Bueno, todavía así, a muchas personas les parece alto el precio, y se de­fienden: que no, que esto no puede ser así, que esto está hecho de puro papel, que por qué van a pagar tanto dinero por un cántaro de barro y unos pliegos de papel de china…

Yo les digo que no son los materiales lo que les vendo, que en realidad estos valen muy poca cosa; que lo que yo creo que puede valer aquí es mi trabajo. Pues no, señor, hay gentes que no entienden nada de esto, y acaban por comprar únicamente un cán­taro para arreglar por sí mismas sus piñatas. Con esa intención lle­gan a su casa, pero luego, a los dos o tres días vienen otra vez:

“La verdad, señora, usted tenía razón; fíjese que ya llevo gastados más de cuarenta pesos en papel y no he podido hacer nada … Siempre voy a lIevarme aquel periquito carmesí. O no, deme mejor el de la corbata azul”.

Hablándonos de su clientela, tiene la señora numerosos re­cuerdos. Dice que sus aliados más decididos y poderosos, son los niños. Se acuerda del caso de chiquillos que pasan y se quedan eternidades plantados frente a sus figuras. Esto la regocija a ella tanto, que nada más porque está muy pobre y vive al día con el sostenimiento de su familia compuesta por diez hijos, si no, con mucho gusto regalaría a esos niños pobres la piñata que tanto les ha fascinado.

Por cierto que en ocasiones no se trata de niños pobres; al contrario, suelen detenerse ahí familias de amplias posibilidades. La insistencia de los niños hizo que detuvieron el coche y obligó a los padres a descender de él y a acercar los niños a las piñatas. Los trabajos que tienen que pasar para fin de volverlos al coche…

Recuerda la señora de una vez en que los padres de un chiqui­llo como de cuatro años, viéndose imposibilitados de arrancarlo de ahí, le dijeron que lo iban a dejar que ellos se iban ya. En efecto, subieron al coche y dieron la vuelta a la manzana; el niño no se movió, atento, perdido en” un mundo de sueños, con unos ojos enormes clavados en las piñatas… Pues no, señor no hubo otra lucha: los padres tuvieron que cargar con el par de piñatas”.

El relato que la señora nos ha hecho y la forma afectuosa y sincera con que habla de ese deslumbramiento que sus figuras pro­ducen en los niños, nos ha puesto a reflexionar en la necesidad humana que tiene el hombre en todas las edades, de asirse a un sueño, de plantarse frente a sí una ilusión, de animar la uniformidad de la vida con el color, con el movimiento, con la música de un sueño.

Así pensándolo, y como quien tira un bastonazo a una Co­lombina de bucles dorados y ancha falda florida, lanzamos sobre la charla siempre efusiva de aquella mujer, esta pregunta:

— ¿Por qué cree usted, señora, que a los niños les gustan tanto las piñatas?

Estamos seguros que ella misma se había hecho ya en más de una ocasión este raciocinio, porque sin titubear en lo absoluto, nos habla con su experiencia maternal, vivida en diez hijos, del afán que todo pequeño tiene por destruir cuanto viene a sus manos; esa inquietud, esa curiosidad con que pica y escarba incan­sablemente en el primer osito de peluche, a ver qué lleva dentro; esta tenacidad desafiante con que estira, muerde y golpea sus ju­guetes hasta hacerlos pedazos…

En el caso de la piñata, nos dice la señora, se ve agradable­mente cumplido su empeño destructor, y no sólo no es reconve­nido por ello, sino que se le aprueba y anima cada vez que pega en el cántaro… Por eso les gustan tanto las piñatas a los niños.

Un señor que elige en ese momento una piñata, oye la con­versación y quiere dar su opinión. El piensa más bien que la se­ducción de los colores y la forma de las piñatas llevan al niño a un mundo de ensueños y fantasías maraviIIosas. Se siente sugestiona­do por la viveza de aquel vestido, por la expresión de aquel rostro o de aquellas líneas. Esto es todo. El sabe que aquel juguete, como todos los demás, nunca es más suyo que cuando descifra el miste­rio que esconde tras el llameante color de la envoltura; misterio que baila a sus ojos y burla provocativamente su esfuerzo por do­minarlo, por someterlo, por volverlo a la nada…

No hay duda alguna. En este juego infantil de la piñata, en su forma tradicional misma, en el rito juguetón y alegre con que se le suspende de una cuerda v se le hace danzar en el viento, arriba de la impaciencia de la chiquillería, para dejar caer de aquel vientre desgarrado a golpes, el regalo-sorpresa de un puñado de naranjas, de jícamas, de cacahuates… En todo esto, decimos, hay una insinuación de misterios profundos apenas apuntados, hay un entrever miedoso de un mundo interior que no quisiéramos o que nos duele atisbar.

Quien sabe si nuestras ilusiones sean ni más ni menos que una piñata; representen en nuestra vida de adultos lo que representa un cántaro embadurnado de papeles para el chiquillo que sueña todo el año en las fiestas de posadas o de su cumpleaños.

Porque también nosotros nos ponemos a perseguir formas de color que excitan la retina de nuestro cerebro. También nosotros vamos por el camino buscando con hambrienta ansiedad la chispa de unos ojos, el sonreír de unos labios.

Porque también nosotros registramos fechas, y esperamos tal o cual acontecimiento que puede brindarnos un poquito de luz en el alma, un gozo íntimo, la presencia de una persona a quien nos sentimos atraídos.

Y así como baila la piñata al tirar de la cuerda, y cuanto más burla los anhelos infantiles, más enciende el deseo de ella, así andamos a veces vueltos locos con nuestras ilusiones y dando vuelcos desesperados en persecución de las cosas difíciles o pro­hibidas.

Hasta llegamos a desviarnos de las líneas de la cordura y las normas sociales establecidas, nada más porque a la altura de los ojos, nos anda cascabeleando una flor de colores, el relámpago luminoso de una piñata azul. ..

Claro, también nosotros acabamos por destruir lo que amamos. Tanto pensar en aquel ideal, tanto desvelarnos en aquella ilusión, tanto revestir de luces aquella figura que nos habíamos for­jado en la imaginación, para venir a sentir un día que todo… es nada; que debajo de una filigrana de papel de china y del ruidoso estallar de colores, no hay sino un pobre tepalcate, unas frutas y unos dulces que pronto nos dejarán indispuestos.

Si nos quedáramos con la piñata en el viento; si no anduvié­ramos exigiendo a todo lo que sale a nuestro paso una comproba­ción matemática; si llegáramos a entender que aparte de las verda­des de la mente, hay otras, las más grandes y sublimes que son las verdades del corazón…

Si en fin, nos acordáramos, antes de querer abrir y vaciar en una probeta los destellos de ilusión que brillan a nuestro paso que hay una bendición y una palabra de elogio “para los que sin ver creyeron… ”

Es peor dolerse de una ilusión fallida que no haber conocido nunca la esperanza. El golpe de un desengaño nos desalienta o nos tira a extremos de enfebrecida locura.

Pero volvemos a soñar, volvemos a prender los ojos de otra ilusión, volvemos a esperar de nuevo el tiempo de Posadas o el cumpleaños, para damos la oportunidad de gozar en los escarceos de color y de luz de otra piñata.

La señora con quien venimos a charlar para conocer algunos detalles de esta artesanía, tiene infinidad de piñatas de todas formas y colores. Sus hijos pasan el día entero fabricando más y más piñatas, a fin de saciar los sueños de todos los niños.

Dicen que la fabricación de una piñata, con la pericia que han tomado, les ocupa una media hora. Claramente lo dice la señora y se sonríe, que no siente tristeza alguna cuando ve que lo que su­puso tan esmerado afán, se convierte de golpe en un puño de ba­sura; que al contrario, le da gusto cuando ve esto, porque así sabe que pronto le van a comprar otra y otra, que para eso tiene su tienda de piñatas, desde donde hace llegar a todo el país y aun al extranjero, esta artesanía auténticamente jalisciense.

Qué lástima que para nuestra condición de hombres, con este afán insaciable por abrazamos cada día a una nueva ilusión no haya una tienda de ilusiones.

Qué lástima que no sepamos de una especie de hada, como en los cuentos infantiles, que sonría indulgente cada vez que des­truimos uno de nuestros sueños, y nos prenda otra luz, y otra, y otra.

Qué lástima que no pudimos ser niños toda la vida.

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