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Trabajos de hoja lata

Esta es la calle de Dionisio Rodríguez. Este es el número que buscamos y aquí está el taller donde se fabrican mil figurillas de hoja lata. Esta es una de esas tardes del tiempo de aguas en que el sol toma una blanca transparencia y reviste de una gracia bautismal todo lo que encuentra.

Tan blanca y transparente la tarde, tan puro y limpio el sol. .. y nosotros tuvimos que volverle la espalda para entrar en la pe­numbra de aquel cuarto de paredes ahumadas, casi recubiertas de calendarios amarillentos, con un sitio de honor para la clásica imagen de San Martín Caballero, su consabida veladora y un ramo de alfalfa que ya acaba de marchitarse dentro de un jarroncillo de barro.

Los muebles rústicos, un tablón al frente cargado de gurbias y formones. En la esquina del fondo un enorme brasero donde calientan los instrumentos de soldar. Todo eso y unas mujeres y unos muchachos doblados afanosamente en la tarea.

Olor de brea, ambiente sofocado, y un rítmico y desesperan­te golpear de martillos sobre la lámina.

Quisimos hablar con aquellas gentes, pero no detenían su trabajo; necesitamos hacernos entender a señas. Una de las muje­res, la que manda quizá a aquellos obreros, suspendió a una sola indicación de sus ojos, el insoportable y escandaloso martilleo. Bien claro se veía que los disgustaba nuestra visita. Nos respondían a monosílabos.

Como ángel de la guarda vino desde adentro un señor y se puso comedidamente a nuestras órdenes:

— Ángel Rivera para servir a usted.

El taller ocupa toda la casa; él atiende una sección distinta ayudado de otro de sus hijos. Le extrañó el silencio tan a deshora y vino a ver qué pasaba.

— Mire usted, aquí hacemos más bien objetos de servicio.

También sabemos hacer esas cosas que dice, figuritas de adorno, pero lo que se nos vende más esto otro: jaulas, churreras, aparatos de base para petróleo, juegos para gelatina, embudos, moldes para pastel. Esto es nuestro negocio, lo demás lo hacemos más bien como diversión.

Y esta es la verdad de las cosas. El arte de la hoja de lata no es en estricta justicia originario de Jalisco; se cultiva más bien en Taxco de donde vinieron primeramente toda esa diversidad de figuras que luego nuestros hojalateros han comenzado a hacer si­guiendo los modelos de allá.

Esta es la verdad de las cosas, aunque don Ángel Rivera de­fiende para los talleres jaliscienses un cierto valor de originalidad.

— Nadie nos ha enseñado a hacer las cosas. Este es un oficio que se hereda de padres a hijos. Desde que yo abrí los ojos ya ha­cíamos en mi casa monitos de esos que dice. Puede ser que los que empezaron a hacerlos hayan seguido tales o cuales modelos, pero poniéndoles su gusto personal. Así es esto, nunca se repite la cosa exactamente igual; cada vez que va haciendo uno alguna de estas figuras, va encontrando detalles nuevos, formas que van mejo­rándose de vez en vez…

Pero mire, voy a decirle esto para que sepa de una vez por qué no nos dedicamos todos a hacer curiosidades: se da el caso de que los que hacen este tipo de trabajos están controlados por alguna casa fuerte, alguna de esas tiendas importantes que com­pran el trabajo a domicilio; pagan todo eso muy mal y uno prefie­re hacer objetos de servicio que compra la gente; yo tengo un puesto en el Mercado Libertad y no me quejo de mis ventas; nuestro comercio se hace más bien con gente de los pueblos.

Y mientras oímos esta explicación de nuestro amigo un tanto a la defensa de su industria, vemos la habilidad con que una de las señoras que trabajan aquí, va enrollando unas tiras de lámina sobre una varilla, hasta dejarlas convertidas en un carrujo bien cerrado y . pulido como si fuera de metal sólido. Luego, estas varillas se pegan a una base circular dibujada a compás, a presión, y dobladas sua­vemente en forma de naranja en otro disco como tapa, y ya está una resplandeciente jaula de precioso acabado.

Pensamos que esta forma de trabajar es muy rudimentaria, y aunque nos sorprende el saber que una de estas jaulas que se ven­den en cuarenta o cincuenta pesos, puede ser terminada en poco más de una hora, no dejamos de pensar en la conveniencia de un sistema más aventajado. Acaso aquellos que manejan esta industria en grandes se valgan de procedimientos mecánicos más modernos. A don Ángel no le gustó nuestra pregunta.

— Nosotros todo lo hacemos a mano; mire usted, las herra­mientas que necesitamos son unas cuantas y con esas tenemos. Quien sabe si los que trabajan en cantidades mayores se sirvan de alguna máquina; pero no, ni estas cosas, ni mucho menos las cu­riosidades pueden hacerse en máquina.

Con estas palabras nos ha dado este buen hombre una estu­penda enseñanza, o si queremos, nos ha hecho recordar un principio básico, una experiencia esencial en toda creación artística .

Azorín había dicho: lo esencial en el arte es crear, imaginar, inventar. Y en una máquina no puede haber invención, ni imagi­nación, ni por consiguiente creación artística. Un movimiento ciego, un automatismo frío, puede producir cosas bellas, pero no se dirá que éstas sean propia y esencialmente una obra de arte.

La obra de arte exige el calor de una sangre que palpita a movimientos enfebrecidos por la fuerza de una chispa interior que sacude todo nuestro ser. La obra de arte brota de un pulso temblo­roso por el trance místico en que ha caído nuestra alma, y todo nuestro ser tiene que estremecerse, tiene que aletear como pájaro herido, hasta que encuentra cauce abierto para dar salida a aquel fuego y vaciarlo en el molde de la palabra, de un pedazo de bron­ce, de una tela y hasta de unos recortes de hoja de lata.

Por eso un movimiento instintivo de sorpresa y de admiración nos detuvo cuando este rústico e iluminado creador de objetos tan singulares asienta con toda firmeza, enmedio de una sonrisa que quiere ser burlesca o quiere expresar un gozo interior, asienta, decimos, que estas cosas no se pueden hacer en máquina.

Y queremos constreñirlo a que nos presente esas curiosidades, como las llama él, a que nos demuestre dónde está su valor artísti­co, dónde está el toque personal que les imprime “cuando tiene ganas de divertirse”, como antes nos había asegurado …

Nada más fue el insinuarlo, porque en un momento nos trajo una varidad de esas figuras de hoja de lata, unas ya terminadas y otras a medio acabar.

— Mire, esto es lo que me gusta más a mí; esta figura de ángel que por cierto no ha tenido mucha aceptación en el públi­co… bueno, sí, a los gringos les gusta mucho.

Y estuvo mostrándonos un ángel, o quizá un demonio, pues al lado de detalles de extraordinaria ternura, de una sencillez y una gracia que apenas puede creerse hayan podido lograrse en un material tan rígido e incontrolable; así las suavidades de la túnica, o aquel vuelo de las alas, o aquel garbo y solemnidad hierática con que la figura junta los brazos para sostener un candelero también de hoja de lata… Al lado de todo esto, la expresión amenazante del rostro y aquellos ojos de rizadas pestañas hechas del mismo material, pero con un brillo interior diabólico.

Decididamente el sentido trágico de nuestro pueblo queda manifiesto ahí; esa facilidad con que transfundimos el espíritu y la carne, la vida y la muerte, el cielo y el infierno, está palpitando en esta figura.

También estuvimos viendo penachos de danzantes, con plu­mas espumosas, dibujadas de puntitos de colores; sonajas que siguen la línea de una granada, con aquel rosetón donde florece la hoja de lata en delicadeza de pétalos; linternas en diversidad de modelos, algunas de una sencillez muy decorativa, y otras com­puestas y adornadas con hojas como de acanto y gajos de colores desprendidos desde la base.

Luego unas máscaras impresionantes por la perfecta repro­ducción de rasgos indígenas, pómulos levantados, labios gruesos que se juntan como en un pico de donde pende un aro. Patos, ga­llinas, macetas, arbolitos navideños muy pintarrajeados, arbor­tantes para luces de vela y toda una variedad de interesantes figu­ras.

Nos detuvimos un poco más en la contemplación de los gallos. Parece que nuestros hojalateros tienen gusto especial por pintar la lámina, al revés de los trabajos que se hacen en Taxco que por lo general dejan el material en toda su limpieza.

Aquí, los gallitos que tenemos a la vista, están hechos de una combinación risueña de colores. La cresta y la papada llamean de rojo, hasta con gránulos inteligentemente realzados. De ahí arranca el plumaje en anilinas verde, morado, amarillo y rojo.

El plumaje se forma de una sucesión como de abanicos o de hojas plizadas, tan sabiamente combinadas y dispuestas, que pa­rece que el animal aquél va a saltar de un momento a otro, con garbo altanero, en reto dominador, o lanzando al aire el majestuo­so clarín de un canto mañanero.

Don Ángel Rivera está entusiasmado con nuestro entusiasmo. Sonríe y mira y remira sus figuras. Las coge, las levanta, las cambia de sitio, y hay en sus manos una delicadeza, un tacto acariciante, como si fueran seres vivos o al menos como si en tal estimación los tuviera. No deja en todo momento de hablarnos de su trabajo y diciéndonos que considera que en Guadalajara no habrá más de unos treinta talleres como el suyo, nos deja caer esta otra profun­da verdad:

— Para qué voy a negarlo, a mí sí me gustan mis figuras. Claro, estas son unas cuantas, y eso porque no tiene uno tiempo de dedicarse a esto, pero mire, este ramo es así, mientras más busca uno, más le halla…

Los críticos de arte, los preceptistas literarios han necesitado de gruesos volúmenes, de enredadas explicaciones, para hablar de la fecundidad maravillosa del espíritu humano, y para demostrar cómo, aunque los temas parecen agotados, cada pueblo, cada época y cada individuo, ponen su sello propio, el perfil de su alma en la obra que realizan, y que por eso es inextinguible la posibili­dad creativa del hombre, es inabarcable el campo de la creación artística.

Don Ángel necesitó apenas de unas cuantas palabras para cla­var con precisión maestra una de las características más importan­tes, para darnos como el extremo de una línea que se antoja infi­nita, puesto que penetra a los dominios del espíritu… “Así es es­to, entre más le busca uno, más le halla”.

El blanco sol de la media tarde, se había ido. Ahora se levantaba por el poniente un oleaje de nubes de color. Desde el filo de oro en que se recortaban unas, hasta aquellas otras pintadas de fuego, de rosa, de malva o de violeta.

Traíamos aún en la pupila el violento tejido de colores de las hojas de lata de don Ángel Rivera: los dorados rizos de los ángeles, el rojo vivo de los gallos, las plumas moradas de los penachos de los danzantes.

Todas esas figuras estaban repetidas en las formas capricho­sas de las nubes. Aquella, como un ángel en altiva y arrogante ma­jestad. O no, también podía parecer un penacho blandiendo al cielo su rosada suavidad de algodón. Podía parecer eso y también podía ser como el cuello de un gallo en el momento en que acecha al enemigo, cuando las plumillas se le alzan en resplandor nervioso de chispas de fuego: acaso una sonaja…

Doblamos la calle de Dionisio Rodríguez repasando la fórmu­la en que don Ángel Rivera sintetizó, a propósito de unas figuri­llas de hoja de lata, uno de los misterios más profundos de la crea­ción artística:

“Yo sé lo que le digo, esto no tiene fin; entre más le busca uno, más le halla”.

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